Comienza un nuevo año y, como cada enero, el calendario nos ofrece algo más que fechas nuevas: nos regala la oportunidad de detenernos, respirar y preguntarnos quiénes somos y hacia dónde vamos.
México arranca 2026 con heridas visibles y otras que se esconden detrás de la costumbre. Hemos normalizado la prisa, la polarización, la indiferencia. Hemos aprendido a sobrevivir, pero no siempre a cuidarnos. Y en medio de ese país complejo, Yucatán sigue siendo un territorio privilegiado: por su historia, por su gente, por esa forma silenciosa pero firme de resistir sin perder el alma.
Aquí, donde la palabra todavía pesa y la mirada aún importa, no podemos permitir que la indiferencia nos gane.
Ser yucateco no es solo vivir en una tierra segura; es cargar con una herencia de respeto, trabajo y comunidad. Es saber que el bienestar no se presume: se comparte. Que la paz no se hereda automáticamente: se construye todos los días, desde la casa, la calle, el trabajo y la palabra.
Este 2026 nos exige algo más que buenos deseos. Nos pide conciencia. Nos pide recordar que no basta con que “a mí me vaya bien” si al de al lado le va mal. Que no es suficiente cuidar lo propio si dejamos que se rompa lo común. Que el verdadero progreso no se mide solo en obras, cifras o anuncios, sino en la forma en la que tratamos al prójimo, en cómo respondemos ante la injusticia, en si somos capaces de indignarnos sin odio y de actuar sin protagonismo.
Yucatán no puede perder su esencia por comodidad ni por silencio. No podemos acostumbrarnos a mirar hacia otro lado cuando algo no está bien. El mayor riesgo para una sociedad que ha sabido vivir en paz no es el conflicto, sino la apatía.
Este año que inicia es una invitación a volver a mirarnos como comunidad, a reencontrarnos en lo que nos une y no en lo que nos separa. A ejercer la crítica con responsabilidad, la solidaridad con hechos y el amor por nuestra tierra con congruencia.
Que 2026 nos encuentre más humanos, más atentos y más comprometidos. Que nos recuerde que cuidar a Yucatán es cuidar a su gente. Y que amar a México no es repetir consignas, sino asumir responsabilidades.
Porque al final, el futuro no se espera: se construye. Y empieza hoy.


