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Todo pende del aliento que nos demos

Victor Corcoba Herrero
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Algo más que palabras, por: Víctor Corcoba Herrero.

Escritor / corcoba@telefonica.net

La ciudadanía es la que va abriendo camino, la
que aprende y se reprende por sí misma, al descubrir que siempre es garante de
lo que sucede. Precisamente, este año, el 30 de junio, celebramos por primera
vez en las Naciones Unidas el Día Internacional del Parlamentarismo, justo en
la misma fecha que se creó, en 1889, la Unión Interparlamentaria, la
organización mundial de los parlamentos nacionales. Ciertamente, hoy
necesitamos más que nunca, aminorar las desigualdades, acrecentando la mejora
de vida de todas las personas.

Por eso, es significativo que los parlamentos, que son la voz de las diversas
gentes en su conjunto, velen por
políticas más justas y universalistas, a
fin de que beneficien a todo el mundo. Más allá de hacer cuadrar las
agendas internacionales y nacionales, hay que asegurarse de que los gobiernos
trabajan responsablemente, a través del diálogo y la cooperación, por hacer más
armónica la vida.

En consecuencia, la obligación de proteger a la población ha de recaer
en los Estados, con sus servidores al frente, y en última instancia es un
compromiso colectivo, sobre todo cuando las autoridades nacionales fallan,
puesto que es deber, de la humanidad entera, prevenir catástrofes que son
siempre evitables.

En efecto, nada puede destruirnos más que nosotros mismos. Sin duda,
somos nuestro peor enemigo, máxime en un momento de tantos absurdos, de tantas
violencias que nos dividen y separan, lo que ha de exigirnos a impulsar una
respuesta ética y responsable de proximidad humana.

En este sentido, nos llena de tristeza que el año pasado fuese
particularmente difícil para los niños que viven en zonas de guerra. Ahí están
los datos proporcionados por Naciones Unidas: El número de violaciones de los
derechos de los niños aumentó de 15.500 en 2016 a más de 21.000, de las que 6.000
fueron cometidas por autoridades gubernamentales y 15.000 por otros grupos. Más
de 10.000 niños y niñas murieron o fueron mutilados y al menos 900 fueron
violados.

Afganistán fue el país donde ocurrió la mayor cantidad de asesinatos, seguido
por la República Democrática del Congo, Somalia y Sudán del Sur.

A pesar de estas cifras, el Secretario General también dijo que en 2017
se vieron resultados positivos, con más de 10.000 niños liberados de las filas
de grupos armados. Indudablemente este desconsuelo de vidas en formación,
inocentes, es una total irresponsabilidad de los países y de sus
administraciones, y de cada cual en particular.

Deberíamos dejarnos de azotar por estos huracanes de odio y modelos de
desarrollo, donde nadie respeta a nadie, provocando una degradación de la
especie humana, social y ambiental sin precedentes.

Ojalá aprendamos a pasar de las páginas crueles y a renacer, a
renovarnos de modo creativo y eficaz, poniendo la autenticidad del ser humano
como valor supremo, y la misión responsable de hacer espacio en común
donándonos.

Quizás tengamos que conciliar antes otros lenguajes, otros
sentimientos, para que la conciencia, el conocimiento y la valentía de la
acción, vuelvan a ser parte de la vida de cada uno de nosotros.

Lo importante es fijar nuestra mirada en los demás, y ver que nadie
avanza por sí mismo, sino todos junto a todos, haciéndonos más humanos,
estableciendo un final para las inútiles contiendas, antes de que estas
inservibles disputas entre semejantes nos pongan fin a todos.

La cita del poeta y dramaturgo alemán Friedrich Schiller (1759-1805), de que “haciendo el bien
nutrimos la planta divina de la humanidad; formando la belleza, esparcimos las
semillas de lo divino”, puede ayudarnos a reconducirnos en nuestros pasos.

Abramos, pues, camino a la novedad, tal vez
nuestro propio trabajo personal no tuvo el espíritu humanitario que debía haber
tenido. Es cuestión de repensarlo para poder rectificar, o de proseguir en el
sueño del artista que todos llevamos dentro. Lo que no cabe en nosotros es
resignarse. Somos vida, demos vida pues. Que el aliento es gratis para todos.

Requerimos, sin más dilación, el descanso
del dolor. ¡Vaya al destierro el sufrimiento injertado entre humanos! Es
posible, sólo es asunto de planteárnoslo de corazón.

Victor Corcoba Herrero
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