Algo más que palabras, por:Víctor Corcoba Herrero
No podemos rendirnos a tantas atrocidades vertidas contra nosotros
mismos. A mi juicio, es el momento de que la reconciliación espigue en el mundo
como sustento de vida y signo de amor. Para desgracia nuestra, se ha generado
un ambiente de inseguridad e impunidad, que matar lo hemos convertido en un
diario permanente en muchas partes de nuestro hábitat, activando una espiral de
violencia que verdaderamente nos deja sin palabras. De ahí que la comunidad
internacional, hoy más que nunca, deba actuar con más unidad y fortaleza,
máxime en un tiempo en el que se está perdiendo ese respeto a las garantías de
paz que todos nos merecemos.
La pasividad no debe de ir con nadie. Lo importante no es caerse, sino
levantarse para seguir caminando por la vida, ahora interconectados a través de
la red. Confiemos en que esa interconexión nos aglutine, al menos para no
sentirnos solos y poder conjugar experiencias, ya que las individualidades nos
aíslan. Es hora, por tanto, de que activemos otras actitudes más afectivas que
hagan de este espíritu globalizador, un cántico de luz y hermanamiento, o si
quieren, un abecedario de armónicas sintonías capaz de hacernos florecer y
salir de esta injusta opresión en la que muchos ciudadanos se encuentran.
Por otra parte, lograr el desarme nuclear a nivel mundial es uno de los
objetivos más antiguos de las Naciones Unidas; sin embargo, hoy en día, todavía
existen unas 14.500 armas nucleares. Desgraciadamente, los países poseedores de
armamento nuclear cuentan con programas de modernización de sus arsenales a
largo plazo con una dotación de fondos, en lugar de preocuparse y ocuparse de
que los moradores, no pasen hambre, y de que no vivan en la pobreza.
Verdaderamente, nos ha servido de poco estos setenta años de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, e incluso sabemos que los buenos propósitos
plasmados en las agendas están perdiendo fuelle esperanzador, y como
contrapartida están renaciendo inútiles enfrentamientos que nos hunden en la
más profunda tristeza.
Por ello, ante este injusto y frío panorama, qué bueno es formar parte
de la revolución de la ternura, frente a una economía excluyente, que idolatra
el dinero, hasta deshumanizarnos y hacernos perder nuestro propio corazón. Dicho
lo cual, reconozco, que me encantan las pasiones combativas, ante las
embestidas del mal que todo quieren destruirlo, hasta nuestra distintiva
existencia, a poco que nos dejemos atraparla. No nos abandonemos jamás. Las
maldades de ciertas gentes sin escrúpulos, en ocasiones, nos roban la
experiencia de hacer familia, de ser pueblo, de sentirse mundo sobre el planeta.
Aprendamos a descansar unos en otros y en lugar de ser miembros de
alianzas nucleares, seamos gentes de servicio permanente, como ese poeta que
siempre está en guardia para servir raciones de brazos abiertos, de manos
tendidas, de ánimo desprendido. Bajo este ardor poético del afecto sobran las
armas. Y, evidentemente, los desafíos de seguridad que aún prevalecen no pueden
ser una excusa para seguir confiando en las armas nucleares y olvidar nuestra
responsabilidad de buscar otro empuje global más coaligado. Quizás tengamos que
transformar esta selva mundana en una casa de todos, como en otro tiempo hizo
una mujer, María, innovando una cueva de animales en un hogar de amor, donde
nació Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura.
Sea como fuere, la eliminación total de las armas nucleares sigue siendo
la máxima prioridad de las Naciones Unidas para el desarme, y esta es una buena
noticia, con la que todos hemos de despertar. Lo prioritario, ciertamente, es
asegurar nuestro futuro colectivo, pero no desconozcamos que es a través del
encuentro más emotivo y sensible, como se abrazan los verdaderos horizontes de
concordia.
El entusiasmo vivificante se fundamenta, precisamente, en la convicción de
pertenencia a ese orbe viviente de búsquedas y acercamientos. Está visto que
nuestro agobiante desconsuelo sólo se cura con un infinito consuelo, el del
amor de amar amor correspondido, pues siempre es preferible quererse que
ahorcarse. Uno no vive mejor escondiéndose dentro de sí, negándose a compartir,
a cooperar con los demás, encerrándose en su particular bienestar. Eso es como
suicidarse en camino. Lo importante es revivirse para entregarse. Eso siempre. Sólo
así se crece el alma inmensamente y el cuerpo se nos llena de sonrisas, aunque
sean lágrimas las que se viertan.


