La Revista

Las imaginación materializa todo

Marco Cortez Navarrete
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Por Marco Antonio Cortez Navarrete

Un niño con escasos diez años de edad habitaba en la que era un sector de la ciudad de Mérida lugar a donde nadie, ni la policía, se atrevía a rondar por temor a las enormes piedras que salían de la nada para romper panorámicos, abollar los vehículos y hasta descalabrar algún uniformado.

En ese sector a escasos metros del cementerio general sobrevivía el más apto, el más fuerte, el más inteligente. En este entorno el pequeño de quien les hablo, ajeno todavía a esas “situaciones” salía al patio de su casa y escogía un lugar idóneo, con el ángulo que le permitía imaginar las dimensiones de un parque de béisbol.

Sentadito en un viejo banquillo de madera o en una oxidada y vieja bacinica de peltre, acumulaba a su lado derecho cientos de piedras de la grava utilizada para construcción y con una varilla de madera de unos 20 centímetros se alistaba para el partido del día.

En sus piernas un traqueteado cuaderno de escuela a cuadros tenía con detalle la lista de jugadores imaginarios y el orden al bate y además servía para llevar las estadísticas de los juegos.

En su mano derecha empuñaba aquel “bate” y con la izquierda lanzaba las piedras unos 10 centímetros al aire para pegar el batazo con dirección a los jardines izquierdo, central o derecho y también sucedía para la media luna o campo corto; tercera, short stop, segunda y primera bases.

Pero desde luego había elevados de todo tipo que eran atrapados dentro o fuera del campo mental y lo más importante eran los jonrones cuando las piedras, convertidas en pelotas, volaban sobre la albarrada del patio de su casa, donde por otro sector habían árboles frutales y hasta plantas de chile habanero, chaya y sábila, esta última sembrada por su abuelita.

Así transcurrían los días y los partidos de béisbol; la libreta se llenaba poco a poco y después de cada encuentro, en la siguiente pagina la crónica correspondiente.

Esta idea nació en aquel Niño cuando una tía le regaló un radio donde sintonizaba los juegos de los Leones de Yucatán que en aquel entonces jugaban en el extinto parque Carta Clara y eran narrados por Jorge Blanco Martinez y Jorge “primo” Abraham, entre otros más.

Algo similar le pasó cuando se dio cuenta que con las corcholatas de refrescos podía jugar fútbol. Los jugadores eran los dedos de ambas manos, índice y medio, que disputaban entre sí el balón (corcholata) la cual rechinaba en una superficie lisa o de cristal. Los dedos índices, obvio, eran los goleadores.

En el imaginario los nombres de jugadores de la época: Gianni Rivera, Pelé, Tostado, Jaír, Kempes, Cruyff, Müller, en fin, una lista interminable. En fin…¡qué fácil era jugar! ¡qué fácil era imaginar!…hacer que tu mente navegue buscando formas e ideas.

¡Eso si!. A las 5 en punto de la tarde se suspendían los juegos por falta de luz (Sol) ademas el protagonista de esta historia tenía que correr para comprar las barras de francés con don Huacho y las tablillas de chocolate deliciosas que hacía doña Panchita.

Que hermosa, fue mi niñez

Marco Cortez Navarrete
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