La Revista

Por qué criticar al poder parece inútil

Por Marco Antonio Cortez Navarrete

Criticar a un gobierno o régimen —sea de izquierda, derecha o centro— debería ser una acción natural en cualquier sociedad que aspire a la justicia, la transparencia y el bien común.

Sin embargo, para muchos ciudadanos, hacerlo se ha vuelto un acto frustrante, como lanzar palabras al vacío. ¿Por qué, en tantas partes del mundo, señalar los errores del poder se ha vuelto una actividad estéril, infructuosa y, a veces, hasta peligrosa?

El poder no escucha: se protege

Los gobiernos no están diseñados para escuchar con humildad. Se blindan. Admitir errores implica mostrar vulnerabilidad, y eso, para muchos dirigentes, equivale a abrir grietas por donde puede colarse la pérdida de control.

La mayoría de los regímenes —especialmente aquellos que se perpetúan en el poder— responden a la crítica con propaganda, desinformación o silencio.

La crítica se convierte entonces en un espejo roto: lo que devuelve no es una imagen clara del problema, sino una distorsión intencionada, una respuesta prefabricada o una burla solapada. El ciudadano se enfrenta, no a un interlocutor dispuesto al diálogo, sino a una muralla institucional hecha para desactivar la disidencia.

El espejismo democrático

Incluso en sistemas que se autodefinen como democráticos, las instituciones muchas veces operan con lógica vertical, burocrática y ajena a la realidad cotidiana. Se escucha a los ciudadanos solo en campaña. Fuera de ella, los micrófonos se apagan, las puertas se cierran y los discursos se llenan de tecnicismos que enmascaran la inacción.

Y cuando hay respuestas, son vacías: frases de manual, cifras maquilladas, promesas recicladas. La crítica se tolera como parte del espectáculo político, pero rara vez se traduce en rectificaciones. La indignación se administra, no se atiende.

Polarización: el arma perfecta para silenciar

Otro elemento que anula la crítica es la polarización. En sociedades profundamente divididas, cuestionar al poder se interpreta como un ataque total, no como una llamada a mejorar. Se pierde la capacidad de matizar: quien señala errores se convierte automáticamente en traidor, vendido, conservador, comunista, o lo que convenga según la narrativa dominante.

Así, el debate público se vacía de contenido real y se llena de etiquetas. Se impone la lógica del “nosotros contra ellos”, y cualquier señalamiento deja de ser escuchado como una alerta legítima para convertirse en munición en una guerra de trincheras.

Sin consecuencias, no hay transformación

Otra razón profunda por la que criticar al poder parece inútil es la ausencia de consecuencias. Muchos sistemas carecen de mecanismos eficaces de rendición de cuentas. Las instituciones encargadas de fiscalizar están capturadas, son cómplices o están demasiado debilitadas. La impunidad es la norma, y eso genera un sentimiento generalizado de inutilidad: ¿para qué denunciar si no pasará nada?

En este contexto, el ciudadano se ve tentado a callar, resignarse o replegarse en su esfera privada. La crítica se vuelve catarsis: se lanza más para desahogarse que con la esperanza de cambiar algo.

Pero el silencio es más costoso

Y, sin embargo, callar es más peligroso. Aunque parezca que no sirve, la crítica consciente, argumentada y persistente es una semilla que a veces tarda en germinar, pero nunca muere. La historia está llena de ejemplos donde las voces marginadas terminaron por cambiar el rumbo de los pueblos. El eco, tarde o temprano, encuentra quien lo escuche.

Criticar no es solo resistir: es cuidar. Es defender la verdad frente a la distorsión. Es recordar que el poder debe estar al servicio de la gente, no al revés. Aunque los regímenes se hagan los sordos, aunque las respuestas sean vacías, aunque las consecuencias tarden, seguir señalando lo que está mal es una forma de dignidad.

Porque a veces, el eco que hoy suena en la nada, mañana será el grito que derrumbe el muro.

Por el momento es todo que tengan un excelente día

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