Por Marco Antonio Cortez Navarrete
En una era donde la inmediatez ha sustituido muchas veces a la profundidad, donde las redes sociales distorsionan lo veraz con lo viral y donde el periodismo enfrenta una crisis tanto de credibilidad como de identidad, resulta indispensable volver a los fundamentos. Y uno de esos pilares, a menudo subestimado, es la capacidad de saber preguntar.
Para quien ejerce el periodismo con ética y compromiso, la pregunta no es solo una herramienta, es el inicio de un puente entre los hechos y la verdad. Una pregunta bien formulada puede abrir puertas, revelar datos clave, poner al descubierto contradicciones y, en el mejor de los casos, iluminar lo que hasta entonces permanecía oculto para la sociedad. Por eso afirmo sin reservas: la pregunta representa la mitad del contenido de lo que se desea saber e informar.
Preguntar no es un acto mecánico ni una mera formalidad en entrevistas o coberturas; es una manifestación de inteligencia, preparación y sensibilidad. Quien pregunta con conocimiento, curiosidad genuina y respeto por la información logra más que respuestas: obtiene confianza, credibilidad y, con frecuencia, la clave de un gran reportaje.
Pero formular una buena pregunta no basta. El periodismo exige también una construcción rigurosa y honesta de los contenidos. Cada palabra publicada tiene consecuencias. La objetividad —que no implica neutralidad ciega sino compromiso con los hechos— y la veracidad son elementos no negociables en la escritura periodística. De la calidad de los textos depende en gran medida la calidad del debate público, la toma de decisiones informada y, en última instancia, la salud de la democracia.
Otro elemento crucial que debe acompañar al periodista en su quehacer diario es la claridad y responsabilidad en el manejo de las fuentes. Toda afirmación publicada debe tener un origen rastreable, creíble y confiable. No es suficiente con informar; hay que fundamentar. La fuente es la columna vertebral del contenido informativo, y su elección define el valor, la confiabilidad y la ética del trabajo periodístico. En tiempos donde la desinformación es moneda corriente, el periodismo debe ser antídoto, no amplificador de lo falso o lo dudoso.
Por todo ello, ejercer el periodismo hoy es más que nunca un acto de responsabilidad social. No se trata solo de contar lo que ocurre, sino de elegir bien las preguntas, de construir contenidos con honestidad y precisión, y de basarse en fuentes de la más alta calidad posible. Porque cada nota, cada reportaje, cada publicación tiene el poder de impactar en la vida de las personas. Y ese poder, mal usado, puede ser destructivo; bien utilizado, es profundamente transformador.
Volver a lo esencial no es retroceder. Es reencontrarse con el sentido más noble del oficio: informar para servir, preguntar para entender y escribir para construir un mundo mejor informado y, por ello, más justo.
Es así como iniciamos la semana y deseo para todas y todos los mayores éxitos. Hasta la próxima


