Una ola de calor sin precedentes continúa sofocando a gran parte de Europa, con temperaturas que superan los 40 °C en varias regiones, incendios forestales activos y alertas sanitarias extendidas. Este fenómeno extremo, atribuido a un potente anticiclón procedente del norte de África, ha generado condiciones peligrosas desde el sur hasta el centro del continente, y se prevé que persista durante varios días más.
El episodio inició a finales de junio, y tanto los servicios meteorológicos como las autoridades sanitarias de países como España, Francia, Italia, Grecia, Portugal y Turquía han emitido alertas por calor extremo, riesgos de incendios e impacto sobre infraestructuras. En España, la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) confirmó que se trata de la primera ola de calor del verano, con temperaturas que han alcanzado los 46 °C en El Granado (Huelva), superando marcas históricas para el mes de junio. Solo el 29 de junio se registraron nueve récords de temperatura en distintas ciudades españolas, muchas de ellas sin bajar de los 25 °C durante la noche, lo que agrava los riesgos para la salud.
Francia ha decretado alerta naranja en 84 de sus 101 departamentos, especialmente en el sur, donde las temperaturas rondan los 40 °C. Las autoridades francesas han cerrado temporalmente alrededor de 200 escuelas y han restringido actividades al aire libre y transporte, como medida preventiva ante el calor extremo. En Portugal, Lisboa y más de 90 municipios se encuentran en alerta roja, con máximas de 43 °C y riesgo extremo de incendios. Italia vive una situación similar: varias regiones superan los 39 °C, muy por encima del promedio estacional, mientras se emiten alertas por tormentas eléctricas violentas como consecuencia del desequilibrio térmico.
El sureste europeo también está severamente afectado. Grecia enfrenta incendios activos en los alrededores de Atenas y otras zonas rurales, con condiciones atmosféricas que favorecen la propagación del fuego. En Turquía, vientos huracanados de hasta 120 km/h han avivado llamas en la región de Esmirna, donde decenas de aldeas han sido evacuadas y vuelos suspendidos debido a la densa humareda y la cercanía de los focos ígneos. Mientras tanto, países como Alemania y Reino Unido, menos acostumbrados a este tipo de fenómenos en esta época del año, han registrado temperaturas cercanas a los 35 °C, con medidas especiales como la “regla del calor” implementada en eventos públicos como Wimbledon.
Las consecuencias de esta ola de calor son múltiples y graves. Además de las afectaciones a la salud pública —con especial riesgo para niños, personas mayores y pacientes crónicos—, se han registrado interrupciones en el transporte, aumentos en la demanda energética y pérdida de cosechas en varias zonas rurales. También hay un riesgo creciente de colapso de infraestructuras, especialmente en áreas donde los sistemas urbanos no están diseñados para soportar temperaturas tan elevadas.
Desde Sevilla, el secretario general de la ONU, António Guterres, ofreció una dura advertencia: “El planeta se está volviendo más caliente y más peligroso”. Alertó que esta nueva normalidad de extremos climáticos es una señal clara del impacto acelerado del cambio climático. Agencias como Copernicus han confirmado que Europa es el continente que más rápidamente se calienta, a un ritmo dos veces superior al promedio mundial, lo que hace prever que este tipo de olas de calor se volverán más frecuentes, intensas y prolongadas.
Frente a esta situación, las autoridades europeas instan a la población a seguir recomendaciones estrictas: evitar exposiciones al sol entre las 11 y las 17 horas, mantenerse hidratados, vestir ropa ligera, usar protección solar, y vigilar a los grupos vulnerables. También se ha pedido limitar el uso de vehículos y acatar las restricciones locales en materia de consumo de agua y energía.
La actual ola de calor no es solo un fenómeno meteorológico pasajero: es un síntoma visible de una crisis climática en desarrollo. Su intensidad y extensión geográfica refuerzan el llamado urgente de científicos, líderes internacionales y organismos ambientales para acelerar medidas de mitigación, adaptación y transición energética. Europa, que enfrenta ya sus límites físicos y sociales ante el calor extremo, se encuentra en la primera línea del desafío climático del siglo XXI.


