La Revista

Un instante, un abismo: la muerte de Diogo Jota y la lección para una generación

Marco Cortez Navarrete
Marco Cortez Navarrete
Sígueme en redes sociales:

Por Marco Antonio Cortez Navarrete

La muerte no avisa. No mide talentos, sueños ni edades. Tampoco distingue nacionalidades, ni premia trayectorias ejemplares. Simplemente, llega. Y eso fue lo que sucedió, sin previo aviso, con Diogo Jota, el internacional portugués del Liverpool, quien junto a su hermano menor André, perdió la vida en un trágico accidente automovilístico el pasado 3 de julio. Tenía solo 28 años. Tenía todo. Era todo.

El mundo del fútbol se estremeció. No se trataba solo de un jugador más, sino de un deportista íntegro, disciplinado, humilde, de sonrisa franca y alma colectiva. Sus compañeros lo lloran. Mohamed Salah, aún sin palabras. Roberto Firmino, entre sollozos y oraciones. Darwin Núñez, recordando su eterna sonrisa. Y no solo ellos. Cristiano Ronaldo, Bernardo Silva, Rúben Neves, y toda la comunidad futbolística internacional sienten ese nudo en la garganta que solo el dolor auténtico puede producir.

Liverpool, su club, convirtió Anfield en un altar silencioso. Flores, velas, camisetas y lágrimas se apilaron sin orden, pero con sentido. En Portugal, su país, miles lo despidieron con un respeto que solo se reserva a los grandes. No por sus goles, sino por su ejemplo. Porque Diogo Jota no era solo un futbolista de elite: era un símbolo de esfuerzo, constancia y humanidad.

La muerte de un joven ídolo siempre deja más que dolor. Deja preguntas. ¿Cómo es posible que alguien tan lleno de vida desaparezca de un momento a otro? ¿Qué sentido tiene el éxito, la fama o el reconocimiento si la vida puede esfumarse “en menos de un pestañeo”, como escribió un aficionado? Y sobre todo: ¿qué puede aprender de esto la juventud que lo admiraba?

El impacto ha sido profundo y transversal. Muchos futbolistas jóvenes en academias de Europa y América han expresado su conmoción en redes sociales. Trabajadores, estudiantes, soñadores, hombres y mujeres que veían en Jota un referente de superación se han quedado con un vacío que no se llena con estadísticas ni homenajes. Porque lo que se fue no fue solo un jugador: se fue una esperanza.

En medio del dolor, surge una verdad dura, pero necesaria: la vida es frágil. No importa qué tan alto vueles, cuántos goles metas, o cuántos millones firmes en contratos. Al final, todo se puede desvanecer en un suspiro. Y quizá por eso mismo, vale más que nunca vivir con intensidad, con propósito, con gratitud.

Hoy, más que nunca, el legado de Diogo Jota no se mide en trofeos, sino en la inspiración que sembró. Su partida repentina nos obliga a pausar, a mirar hacia adentro, y a preguntarnos si estamos viviendo de verdad. A valorar a quienes amamos, a cuidar nuestro tiempo, y a no postergar los abrazos.

Su muerte ha sido un tsunami emocional. Pero también puede ser un faro para muchos. Porque incluso en la oscuridad más inesperada, la luz de un buen ejemplo sigue iluminando.

Descanse en paz, Diogo Jota. Que tu recuerdo no sea solo tristeza, sino impulso. Que tu vida, breve pero inmensa, nos recuerde cada día que el mañana nunca está garantizado, y que por eso mismo, hay que vivir hoy con todo el corazón.

Amén 🙏

Marco Cortez Navarrete
Marco Cortez Navarrete
Sígueme en redes sociales:

No quedes sin leer...

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

- Advertisement -spot_img
- Advertisement -spot_img

Lo último