Puerto Rico se convirtió en el epicentro del mundo gracias a un fenómeno que trasciende la música: Bad Bunny. En julio comenzó la residencia “No Me Quiero Ir De Aquí” con treinta conciertos en el Coliseo de Puerto Rico que se agotaron en cuestión de horas. Con esta hazaña, el puertorriqueño no solo se consolidó como uno de los primeros artistas latinoamericanos en protagonizar una residencia de tal magnitud fuera de Estados Unidos, sino que también confirmó por qué es considerado un referente cultural global.
El impacto fue doble y profundo. Por un lado, la isla experimentó un auge económico pocas veces visto en temporada baja: más de 600.000 visitantes, 400.000 boletos vendidos y un estimado de 200 millones de dólares en ingresos para hoteles, restaurantes y turismo. Por el otro, Benito reafirmó su lealtad a Puerto Rico al reservar los primeros diez conciertos únicamente para residentes locales, gesto que fue celebrado como un acto de compromiso con su tierra.
En lo musical, la residencia giró en torno a “Debí Tirar Más Fotos”, el álbum que alcanzó el número uno en el Billboard 200 en enero de 2025, convirtiéndose en su cuarto disco consecutivo en lograrlo. Entre salsa, plena y ritmos urbanos, Bad Bunny construyó un relato íntimo y a la vez universal, llevando la esencia de la cultura boricua a un escenario global. Cada presentación fue un desfile de identidad, orgullo y espectáculo, con una producción que transformó al Coliseo en el epicentro del entretenimiento mundial.
La fiebre, como era de esperarse, no se limitó a la música. Restaurantes lanzaron menús inspirados en él, la mercancía oficial se agotó en minutos y celebridades internacionales se sumaron a la experiencia. LeBron James grabó desde la tarima, Penélope Cruz gritó emocionada “Gracias Benitoooooooo. ¡Impresionante!”, mientras Austin Butler sorprendía bailando como nunca. Ricky Martin, Kylian Mbappé y Dafne Keen también formaron parte del público, confirmando que Puerto Rico, por un verano, dejó de ser simplemente un destino turístico para transformarse en la capital de la música latina.
Con esta residencia histórica, Bad Bunny demostró que la música tiene el poder de mover masas, transformar economías y redefinir lo que significa ser un ícono cultural. Puerto Rico no solo fue testigo de una serie de conciertos: vivió una declaración de identidad y un recordatorio de que, en ocasiones, un artista puede cambiar el rumbo de toda una nación.


