En su primer año al frente del país, la presidenta Claudia Sheinbaum ha enfrentado una mezcla de expectativas, desafíos institucionales y escándalos que han puesto a prueba su capital político. Su arribo al poder en octubre de 2024 marcó un hecho histórico: se convirtió en la primera mujer que asume la Presidencia de México en comicios competitivos. Pero ese símbolo no ha bastado para evitar enfrentarse a realidades complejas.
Desde el inicio de su mandato, Sheinbaum intentó transmitir optimismo y resultados. En su primer informe, destacó que México está viviendo “un momento estelar de nuestra historia”. Sin embargo, ese tono enamoró al público solo parcialmente, pues en paralelo emergieron “escándalos de alto perfil”, según analistas y medios. La administración ha tenido que atender casos vinculados al huachicol fiscal, redes de contrabando y presuntos vínculos con el crimen organizado dentro de círculos cercanos.
En materia económica, los retos heredados han sido notables. El déficit fiscal elevado y la desaceleración en la inversión privada y pública han obligado a ajustes en el gasto. Aunque la inflación ha mostrado señales de moderación y se evitó una recesión, el crecimiento ha sido débil y el empleo formal ha tenido un desempeño tibio. Algunos sectores industriales y exportadores expresan incertidumbre ante políticas tributarias y regulaciones cambiantes.
La seguridad —una de las principales promesas de campaña— ha captado atención tanto por progresos como por omisiones. Sheinbaum optó por una estrategia más basada en inteligencia, coordinación entre autoridades y fortalecimiento de instituciones, alejándose del enfoque militarizado típico en sexenios recientes. En algunos estados eso arroja descensos en homicidios; en otros, especialmente donde operan cárteles con alta penetración territorial, la violencia sigue siendo recurrente.
El entorno político no ha sido menos complicado. Dentro de Morena y el bloque oficialista han aflorado tensiones internas, disputas por cargos y líneas de decisión divergentes. Además, el gobierno ha cerrado filas con el expresidente Andrés Manuel López Obrador frente a acusaciones que lo alcanzan, lo que ha generado cuestionamientos sobre la independencia con la que Sheinbaum podrá encabezar su propio proyecto político.
Pese a estos desafíos, los números arrojan un respaldo relevante: su popularidad ronda niveles elevados. Encuestas recientes la sitúan cerca del 79 % de aprobación, incluso cuando la oposición y medios críticos intensifican su escrutinio. Esa fortaleza le da margen para maniobrar, pero también la pone bajo la lupa: cualquier desliz puede afectar la percepción ciudadana y el contrato de confianza que firmó con buena parte del electorado.


