En los últimos años, México ha visto cómo la violencia del crimen organizado no sólo amenaza la seguridad ciudadana, sino que cercena el espacio sagrado donde sacerdotes católicos intentan cumplir su misión. Ser sacerdote en regiones dominadas por cárteles implica ya una vocación doble: la de guiar espiritualmente, y la de mediar, proteger y, en muchos casos, denunciar. Pero también implica el riesgo de enfrentar amenazas, extorsiones, secuestros y, en casos extremos, la muerte.
Según el Centro Católico Multimedial (CCM), desde 1990 han sido asesinados 80 sacerdotes, religiosos, diáconos y laicos vinculados con la Iglesia. De estas víctimas, 60 eran sacerdotes, entre ellos un cardenal.
En los últimos 15 años, además, se reporta que han muerto 60 sacerdotes, un cardenal, un diácono, cuatro religiosos, una periodista católica y unos 30 laicos como parte de la violencia dirigida contra la Iglesia.
Se han documentado múltiples amenazas, extorsiones y agresiones menores contra sacerdotes, que en conjunto suman cientos de casos.
Casos emblemáticos
- Javier Campos Morales y Joaquín César Mora Salazar: dos sacerdotes jesuitas asesinados dentro de su propia iglesia en Cerocahui, Chihuahua, en 2022. Intentaban proteger a un hombre que buscaba refugio de criminales, lo que los convirtió en blanco directo de la violencia.
- Padre Marcelo Pérez, sacerdote indígena tzotzil del estado de Chiapas, asesinado en 2024 al salir de oficiar misa.
- Padre Bertoldo Pantaleón Estrada, párroco de Mezcala, Guerrero; desapareció siendo investigada la hipótesis de homicidio, y más tarde fue encontrado muerto con heridas de bala.
Factores que agravan la situación
Territorios sin control efectivo del Estado: muchas comunidades en Guerrero, Chihuahua, Michoacán, Michoacán, Zacatecas, etc., donde los cárteles tienen fuerte presencia, actúan prácticamente como gobiernos de facto. Sacerdotes que denuncian o no se someten a las reglas locales pueden ser vistos como amenazas.
Rol social de la Iglesia: en comunidades marginadas, los sacerdotes no solo celebran misa, también funcionan como liderazgos locales, mediadores, defensores de derechos humanos, lo que puede chocar con intereses criminales.
Amenazas, extorsiones como vía de control: además de asesinatos, sacerdotes relatan que reciben amenazas sistemáticas, se les exige “cuotas” o se les advierte que “no hablen” sobre ciertos temas.
Conclusión
El asesinato de sacerdotes en México no es un fenómeno aislado ni anecdótico, sino parte de una escalada de violencia que alcanza incluso a quienes históricamente se han considerado fuera del conflicto armado: los líderes religiosos. Defender la fe, ejercer la pastoral, denunciar injusticias o simplemente estar presentes en comunidades vulnerables se ha convertido en un riesgo.
Para revertir esta tendencia, es importante que haya una respuesta institucional firme: investigaciones exhaustivas, protección efectiva para el clero, transparencia en las agresiones y castigo a los responsables. Pero sobre todo, es imprescindible reconocer que estos crímenes son también una agresión contra la comunidad que los sacerdotes representaban: un ataque directo a la dignidad humana, a la solidaridad y al tejido social que la Iglesia aspira a construir.


