Afganistán y Pakistán han protagonizado una de las escaladas más violentas en años a lo largo de su extensa frontera compartida, con decenas de muertos y acusaciones mutuas sobre el origen de los ataques.
Los enfrentamientos se intensificaron en zonas como Kurram y el cruce fronterizo Chaman‑Spin Boldak, donde Islamabad lanzó ataques con artillería y drones, mientras las fuerzas del régimen talibán respondieron con fuego de mortero y otras operaciones militares. Las autoridades paquistaníes informaron la muerte de 23 de sus soldados, mientras que el Gobierno talibán reconoció al menos nueve bajas propias.
La escalada incluyó bombardeos en provincias afganas: Islamabad ejecutó una operación aérea en Kandahar, según fuentes oficiales de ambos países. Islamabad afirmó que esas acciones eran necesarias para atacar “refugios militantes”, mientras que Kabul denunció que sufrieron daños y pérdidas de civiles, acusando a Pakistán de “violar la soberanía afgana”.
El cierre de los cruces fronterizos fue una de las primeras medidas adoptadas ante la violencia: los pasos de Torkham y Chaman, esenciales para el comercio y tránsito entre ambos países, quedaron suspendidos.
En medio de la crisis, Islamabad y el régimen de Kabul acordaron un alto el fuego temporal de 48 horas que inició a las 18:00 (hora paquistaní), comprometidos ambas partes a mantener conversaciones para contener la tensión. El vocero talibán Zabihullah Mujahid señaló que las fuerzas afganas respetarían la tregua “mientras nadie la viole”.
Este conflicto fronterizo representa una ruptura grave en la relación entre los dos países, que comparten vínculos religiosos, culturales e históricos, pero que ahora se acusan mutuamente de albergar grupos insurgentes. Analistas advierten que la violencia podría desestabilizar aún más una región donde grupos como ISIS y al‑Qaida intentan reaparecer.


