La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) enfrenta una de sus mayores crisis diplomáticas en décadas, después de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, intensificara su interés en que Groenlandia pase bajo control estadounidense por razones de seguridad nacional. Este territorio, aunque es una región autónoma del Reino de Dinamarca, forma parte de la alianza y su posible cambio de estatus ha generado alarma entre los países europeos que integran la OTAN.
Trump ha reiterado en diversas declaraciones que su gobierno considera que “Groenlandia es estratégica” debido a su ubicación en el Ártico, su proximidad a rutas marítimas clave y su potencial en recursos naturales, además de justificar su interés por motivos de defensa y para contrarrestar la presencia de otras potencias en la región. Estas afirmaciones han provocado fuertes reacciones en Copenhague y en capitales europeas.
La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, ha advertido que “si Estados Unidos decide atacar militarmente a otro país de la OTAN, todo se detendría, incluida la OTAN”, destacando que cualquier intento de apoderarse de Groenlandia socavaría los principios fundamentales de la alianza, basada en la defensa mutua.
Los líderes europeos han emitido declaraciones conjuntas y apoyos explícitos a Dinamarca y a la soberanía de Groenlandia, subrayando que solo ese territorio y el pueblo groenlandés deben decidir su propio futuro. Esta postura refleja el rechazo al uso de la fuerza o a políticas unilaterales que pudieran menoscabar la cohesión del bloque euroatlántico.
El conflicto ha generado llamados a reforzar la presencia de la OTAN en la región ártica para responder a las preocupaciones de seguridad, pero también ha puesto de manifiesto profundas tensiones internas en la alianza, donde el principal socio transatlántico plantea acciones que otros miembros perciben como contrarias a los principios de respeto mutuo y cooperación.
Analistas y diplomáticos señalan que este episodio no solo pone en riesgo la unidad de la OTAN, sino que puede tener consecuencias duraderas para la estabilidad en el Ártico y la relación entre Europa y Estados Unidos. La situación continúa evolucionando, con líderes europeos pidiendo soluciones diplomáticas, respeto a la soberanía territorial y defensa de los mecanismos multilaterales que han guiado la seguridad colectiva desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.


