El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, intensificó a finales de enero de 2026 su retórica contra Irán, advirtiendo que el “tiempo se acaba” para que Teherán acepte negociar acuerdos relacionados con su programa nuclear o enfrente posibles ataques militares de Estados Unidos que podrían ser “mucho peores” que acciones anteriores, en un contexto de creciente tensión internacional y despliegue de fuerzas navales estadounidenses en la región del Medio Oriente. Trump aseguró que una gran flotilla de buques de guerra, encabezada por el portaaviones USS Abraham Lincoln, se dirige hacia aguas cercanas a Irán y está “lista, dispuesta y capaz” de actuar con rapidez y violencia si es necesario, en un intento por forzar a las autoridades iraníes a sentarse a la mesa de negociaciones y renunciar a las armas nucleares.
La escalada de amenazas del mandatario estadounidense llega después de un periodo de profunda represión interna en Irán, donde protestas masivas contra el gobierno fueron duramente reprimidas por las fuerzas de seguridad y dejaron un alto número de muertos. Trump ha vinculado la postura de presión hacia Teherán tanto al descontento social como a las preocupaciones de Washington por el desarrollo nuclear, insistiendo en que Irán debe negociar un acuerdo “justo, equitativo y sin armas nucleares” para evitar un enfrentamiento armado. A pesar de la dureza de su mensaje, Trump también ha señalado que Estados Unidos todavía mantiene abierta la posibilidad de una solución diplomática si Irán accede a las exigencias planteadas por su administración.
Desde Teherán, las autoridades iraníes rechazaron enérgicamente la lógica de las amenazas militares como base para negociar. El ministro de Relaciones Exteriores de Irán declaró que no puede haber diálogo mientras persistan las presiones bélicas y enfatizó que la diplomacia bajo amenaza no es eficaz ni útil, aunque Irán ha expresado disposición a debatir con Estados Unidos bajo condiciones de respeto mutuo e intereses compartidos. Paralelamente, la misión iraní ante Naciones Unidas lanzó advertencias de que si se ve acorralada, responderá “como nunca antes”, subrayando la postura defensiva de Teherán frente a una posible intervención extranjera.
La respuesta internacional a las amenazas de Trump ha sido variada. Algunos aliados de Estados Unidos en Oriente Próximo han advertido que un ataque a Irán podría desencadenar un conflicto más amplio en la región y han pedido prudencia y diálogo, mientras que potencias como Rusia han instado a ambas partes a renunciar al uso de la fuerza y privilegiar mecanismos de negociación ante el riesgo de desestabilización regional. Expertos y analistas han señalado que un enfrentamiento armado podría afectar no solo la seguridad geopolítica, sino también los mercados energéticos globales, dado el papel de Irán en el suministro de crudo y la posibilidad de interrupciones en rutas clave de transporte de petróleo.
Este episodio representa uno de los momentos de mayor tensión entre Estados Unidos e Irán en años recientes. La administración de Trump ha combinado una presencia militar reforzada con exigencias políticas y diplomáticas, al tiempo que mantiene abierta la retórica de posibles acciones militares si no se alcanzan acuerdos que satisfagan sus objetivos en torno a la no proliferación nuclear. Irán, por su parte, ha afirmado su disposición al diálogo bajo condiciones de respeto, pero ha enfatizado que responderá con firmeza a cualquier agresión, lo que deja en el aire la posibilidad de una escalada que podría tener consecuencias de largo alcance en la estabilidad regional y global.


