Durante años, el crecimiento de Mérida fue sinónimo de expansión acelerada, fraccionamientos lejanos, presión sobre los servicios públicos y una movilidad cada vez más complicada. El nuevo Programa de Desarrollo Urbano (PDU) llega para intentar corregir ese rumbo y sentar bases claras sobre cómo, dónde y hasta dónde debe crecer la ciudad.
No se trata de un simple ajuste normativo. El PDU es, en esencia, una redefinición del modelo de ciudad.
Un alto a la expansión sin planeación
Uno de los cambios más relevantes es la definición de límites claros al crecimiento urbano. La lógica es sencilla: una ciudad que se expande sin control termina siendo más cara, más desigual y menos eficiente. Al fijar un perímetro, el nuevo PDU busca que el desarrollo se concentre donde ya existen —o pueden garantizarse— servicios, transporte y equipamiento urbano.
El documento reconoce una realidad que durante años fue ignorada: Mérida no es una sola ciudad, sino muchas ciudades conviviendo al mismo tiempo. Colonias consolidadas, nuevas zonas habitacionales, parques industriales y comisarías rurales tienen dinámicas distintas. El nuevo PDU establece reglas diferenciadas, ajustadas a la vocación de cada zona, rompiendo con el esquema de “una sola norma para todos”.
Comisarías: del abandono a la protección. Un eje clave del plan es la defensa de las comisarías. En lugar de permitir que sean absorbidas por el crecimiento urbano sin identidad, el PDU apuesta por proteger sus centros históricos, espacios públicos y tradiciones. La intención es que sigan siendo comunidades vivas, con servicios y oportunidades, sin perder su carácter propio.
Movilidad es el talón de Aquiles. El crecimiento desordenado dejó como herencia una ciudad dependiente del automóvil y con trayectos cada vez más largos. El nuevo PDU incorpora una visión de movilidad más integrada, donde la planeación vial busca reducir traslados innecesarios y mejorar la conexión entre vivienda, empleo y servicios. No es una solución inmediata al tráfico, pero sí un cambio de enfoque que apunta al largo plazo.
Agua y medio ambiente como prioridad estratégica. En una ciudad asentada sobre un sistema kárstico frágil, el cuidado del agua deja de ser un discurso ambientalista y se convierte en una necesidad de supervivencia urbana. El PDU contempla la protección de áreas verdes y zonas de recarga hídrica, entendiendo que el crecimiento urbano sin control pone en riesgo el futuro abastecimiento de agua y la calidad ambiental.
Más que un plan, una decisión política. El nuevo PDU de Mérida es, en el fondo, una decisión política sobre qué tipo de ciudad se quiere construir. Ordenar el crecimiento implica decir no a ciertos intereses, redefinir prioridades y pensar más allá del corto plazo.
La apuesta es clara: menos improvisación, más planeación; menos expansión, más calidad de vida. El reto, como siempre, estará en que el papel se traduzca en decisiones firmes y en una aplicación real que marque un antes y un después en la historia urbana de Mérida.


