(Foto de Renata Marrufo 2026)
Carlos Bojórquez Urzaiz
La armónica consumida por el sarro define el fragor del blues de un invierno a inicios de año, asaltado por el enjambre de diez celdas por donde se absorbe y suelta aire, y cuyo sonido, agudo hasta el punto de lamento, conjura el llanto como si se tratara de un aparejo capaz de desterrar los dolores que se traducen en esta música pausada y olfativa.
A mí me ocurre que después de ejecutar el blues que alguna vez me enseñó a tocar mi padre, me siento flotando en el aire, me siento más frágil que un junco e invariablemente libero las penas que me aquejan, y a partir de ese instante prodigioso, ya nada es capaz de abatirme de nueva cuenta. Recupero el júbilo y me aseguro de no morir vacío, disolviendo las congojas en una canción de amor. Y es que mientras más nos remite al barracón de esclavos que lo vio nacer, el blues hace sentir la cadencia salvífica que lo identifica, porque no es lo mismo tocar un bending que ni siquiera las armónicas cromáticas pueden lograr, en un camino cubierto de silencio, donde las melodías rompen la tranquilidad que acomodaron los pájaros, que hacerlo en un escenario agraciado, con luces para un auditorio dispuesto al goce pleno. La armónica diatónica, omejor, mi armónica de blues, posee la osadía del ermitaño que me invade en las noches de verano y tocarla en solitario puede representar algo más que un picaporte al cielo.
De cualquier manera, si bien la soledad apenas ofrece el ingrediente bienhechor que se propaga cuando uno toca, desde luego requiere de la prominencia de la guitarra, aunque esta, en justicia, jamás impedirá que la armónica se relacione con el blues más que cualquier otro instrumento.
Incluso, el piano de cola, aquel que Gabriel García Márquez describió como mueble vestido de frac, a veces dispensa su sonido eminente para dar paso a la más sorprendente absorción de aire con la armónica, cuyos decibeles logran zanjar las armonías que brotan del teclado. No hace mucho tiempo, mientras tocaba la eterna Hoochie Coochie Man, del gran Willi Dixon, aguanté el aire en los pulmones tan profundamente que la resonancia de la armónica causó rayos y centellas en la sala, despertando el interés de algunas personas del público, que pretendían explicarse eso que para ellos resultaba un misterio y que no es otra cosa más que una sanación de los amores marchitos que se curan con la ejecución de la sencilla armónica, tocada en el registro más alto que se puede alcanzar.
Si por curiosidad, o por cualquier otro impulso turbio, se hiciera una escala de instrumentos necesarios para tocar blues, exigiría, en voz alta, que la guitarra fuera proclamada reina, en apego a lo mejor de la tradición blusista, con figuras como Robert Johnson y Muddy Waters, a quienes seañade una distinguida corte integrada por BB King, Albert King y Freddie King, y guitarristas más jóvenes procedentes de Inglaterra, como Eric Clapton o Peter Green. En el sótano de esta escala de instrumentos, expresada a través de un quinteto compuesto por guitarra, bajo, piano, batería y armónica, acaso algún indiferente o ignaro colocaría nuestra pequeña guadaña musical hundida en el denso humo de su aparente desaliño, frente a la precisión aritmética de los compases del bajo, que, por cierto, el escritor y bajista Conrado Roche Reyes considera el instrumento más humilde, pero que después de oír a Jack Bruce, fallecido en 2014, o a Roberto Xic Arcila, aquí en casa, aquel argumento pudiera ponerse en duda.
Prefiero apelar a la modestia de la armónica, habituada como ningún otro instrumento al amanecer doloroso de una pasión distante, de una pasión que repentinamente regresó y requiere ser desalojada en cuanto salga el Sol, con una melodía tristísima parecida a Shotgun Blues, heredara por John Lee “Sonny Boy” Williamson, o a la penetrante interpretación de Just a feeling, de Charlie Musselwhite. ¿Quién pudiera contravenir las frases sublimes y sacarse del alma al monarca de la armónica, al estilo Chicago, que fue Marion Walter Jacobs, mejor conocido como Little Walter?
No sé de dónde preceden esas sonoridades asombrosas que arriban de repente, pero es el caso que cuando los solos de guitarra o pianotienden a apagarse en la imaginación y sentimientos de los ejecutantes, la pequeña armónica, la armónica carcomida por el óxido y por la costumbre de llevarla enfundada en el bolsillo trasero del pantalón, alcanza lo insospechado y rompe la monotonía de los doce compases del blues y da paso a la ejecución de un bending con fraseo atacante y filoso, cuyas melodías raspan de muy cerca las pasiones. Es complicado escribir del sonido porque en textos las loas y las flores suenan mejor que la armónica resumida en estos párrafos llenos de música, que es una manera de decir poesía.


