DOS CRIMENES EN MI MEMORIA
Por Manuel Triay Peniche
Ahora que revisaba archivos me topé con dos casos que recuerdo con bastante precisión. Entonces una muerte aún era noticia, más si se trataba de un homicidio o de un accidente de tránsito, y más aún si los homicidas eran jóvenes y qué decir si eran amigos de la víctima.
Del primero no contaré mucho hoy: dos alumnos de prestigiada universidad del Norte de la ciudad secuestraron a un compañero suyo con el único fin de obtener algún dinero por el rescate pero, uno de ellos, el varón, porque eran hombre y mujer, fue identificado por la víctima y entonces decidieron asesinarlo.
Tan pronto el cadáver llegó el Servicio Médico Forense le quitaron un anillo que en su interior tenía una fecha. Yo la ví, la anote y volé a las oficinas del Diario: así dí con Angel, en una foto de su reciente boda. Guapos él y ella, él ahora sin vida y ella nueva viuda. La identificación de los homicidad fue casi inmediata, la condena fue tan larga que “ella” tuvo tiempo y oportunidad de escribir e inscribir su libro en un certamen nacional del que obtuvo el primer lugar.
Del segundo homicilio me acuerdo con relativa frecuencia. La noche era nueva, tirado bajo una acerca de la Avenda Pérez Ponce, casi esquina con 52, había un pobre hombre prácticamente en posisión fetal; las luces de la esquina permitían distinguir su cabello entrecano, una vestimenta raída, descalso (las sandalias, a unos metros) y abrazado de un bolso similar a un sabucán.
Unos cuantos curiosos, y yo, completamos la escena antes de la llegada del personal de la Procuraduría de Justicia. Ya nada podían hacer por él, eso estaba claro, lo revisaron infrutuosamente, como antes lo hice yo, pero sin tocarlo. Para ellos estaba claro, un atropellado más y un guiador que se dio a la fuga.
¿Y los familiares? En ese momento no eran prioridad. Yo me fijé en la piel, quizá de 50 ó 60 años, no más; su rostro guardaba los impactos del sol y la falta de atención: su complexión parecía delgada, su ropa tenía el sello de la pobreza; paél, en sí, representada a la merida abandonada, a la gente invisible, sin voz ni esperanza.
Salió en busca de unos centavos y encontró la muerte, quizá en casa habría más personas como él, con hambre y sin esperanzas, con necesidades que no hallaban eco, q ue ya eran costumbre, que a nadie importaba. Triste amanecer de una familia cuyo único pecado era la pobreza, invisible para gobierno y para la sociedad también.
Quizá al redactar aquella noticia del atropellamiento me dejé llevar por los sentimientos pero, a la amañana siguiente, se presentó en la Procuraduría un hombre periódico en mano: Vine a entregarme, le dijo al jefe del Departamento de Averiguaciones Previas, Gilberto Pech Pech. Y éste, de inmediato, me llamó para contarme aquel suceso, nada común hasta hoy día.


