Por: Cristina Padín.
Eran muchas. Y todas eran hermosas. Eran de las primeras que llegaban… pronto llegarían bastante más. Las llevó el cartero aquella soleada y acogedora mañana de diciembre.. y las llevó a una residencia de ancianos de Pontevedra. Sería inmensa la alegría de todos ellos al recibirlas… Eran postales. Navideñas. Con la Virgen María y san José, con paisajes nevados, con abetos llenos de luces, con regalos y estrellas…
Eran tarjetas de ilusión y magia. De calor..
Como en muchos otros hogares del mayor a los abuelos ni hijos ni nietos les prestaban la más mínima atención. Serían tal vez gentes de postureo y alardeo.. gentes de querer a toda costa un nuevo teléfono o un nuevo coche.. serían a lo mejor gentes con poca lectura, o no… lo que ciertamente eran se definía fácil: gentes sin corazón. Alma negra y carencia de corazón. Mayor dureza que la de las piedras, más cariñosas…
No siempre sucede eso. Afortunada(mente).. pero sucede. Y esa iniciativa se puso en marcha para que los abuelitos reciban afecto. Ahora van las postales hacia sus destinatarios: las hay con lances taurinos, las hay azules, las hay de esas que llevan música…
Este cuento recrea una historia real que nos sacó las lágrimas… desean muchas postales de Navidad en Campolongo, residencia de ancianos
Horrorizada con todos aquellos que no atienden a sus mayores: son gentes carentes de corazón, no son nada
Galicia suele atender muy bien a los ancianos, en esta dolorosa historia los protagonistas tienen nombre y apellidos
A los ancianos
A las postales de Navidad. Tradición que se pierde. Se pierde porque la gente no compra una y la envía..
A mi querido Luis
A las personas amables y dulces y a todo tipo de familias
A mis M y B, con afecto
Al toreo
Y a diciembre
(Deseando que ahora que esta noticia ha salido en prensa alguna persona se anime a escribir a los ancianos)


