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Familia migrante pierde un hijo en el mar frente a Italia

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SICULIANA, Italia (AP) — La familia Jaqali estaba amontonada en un rincón de un barco pesquero atestado con más de 700 migrantes que intentaban llegar desde Libia hasta Italia. El padre, la madre y una niña se ubicaron en la proa, mientras otros dos hijos quedaron uno a cada lado del barco.

El barco se bamboleaba de un lado al otro y daba la impresión de que se volcaría en cualquier momento. Cuando finalmente llegó ayuda, todos lograron salir, excepto el hijo mayor, Mohamad. No pudo acercarse a ellos y les hizo señales como diciendo que se fuesen, que él se les uniría.

No volvieron a verlo. Mientras la gente se afanaba por pasarse al barco de rescate, la nave se dio vuelta y los Jaqali vieron desde lejos cómo se hundía, llevándose a todas las personas que todavía estaban a bordo.

Los Jaqali figuran entre las 20.000 personas que han completado el recorrido entre el norte de Africa y Europa en embarcaciones atestadas en lo que va del año. Unas 2.500 murieron o están desaparecidas en el mar, comparado con las 1.800 del mismo período el año pasado, según la agencia de refugiados de las Naciones Unidas. Se cree que en el barco en que viajaban los Jaqali fallecieron tal vez 250 personas.

Rashid Jaqali, un curdo de 45 años del norte de Siria, se fue con su familia a Libia para que sus hijos no fuesen reclutados por la fuerza por milicias curdas. Libia, sin embargo, pronto se vio sumida en un caos y militantes de la agrupación Estado Islámico se acercaron a Zawiya, la ciudad donde se habían instalado. Ninguno de sus hijos iba a la escuela y el padre no cobraba por su trabajo, por lo que la vida en Libia se tornó incluso peor que en Siria.

La familia decidió irse a Alemania, donde tenían parientes. Jaqali pagó sus deudas, arregló sus asuntos y le abonó unos 1.200 dólares a un coyote.

Mohamad, de 17 años, preparó su propia mochila. Le gustaba vestirse bien. Se tomó un selfie con su nuevo corte de pelo y le prometió a su hermana que le compraría una cámara cuando llegasen a Alemania. No tenía amigos en Libia de los cuales despedirse.

Su madre, Fatma, escondió sus joyas en una mochila.

“El enemigo está detrás de ti. Frente a ti tienes el mar. ¿Hacia dónde te escapas?”, preguntó Rashid. “Hacia el mar”.

Poco después de la medianoche, cientos de migrantes se congregaron en un depósito con portones de metal. Los coyotes los llevaron a la playa e hicieron subir a 60 o 70 personas a la vez a un pequeño bote inflable, con capacidad para 20.

El bote inflable los llevó a una embarcación más grande anclada a pocos kilómetros de la costa. Los africanos fueron enviados a abajo, cerca del motor, a un cuarto sin ventanas, al que se podía acceder solo a través de una escalera muy bien custodiada. Algunos jóvenes y mujeres se instalaron en la cubierta y unas pocas familias en la parte de adelante.

A pesar de las protestas de los pasajeros, los coyotes hicieron subir mucha más gente de la que toleraba el barco. Cuando una mujer se quejó, un coyote le dijo “ojalá te mueras”.

Los Jaqali no pudieron sentarse juntos. Rashid podía ver a Mohamad y a Yehia, de 15 años, y les hacía señas periódicamente. Pero nadie se podía mover para no desequilibrar la embarcación.

Hacia las 10 de la mañana, luego de seis horas de viaje, el motor se detuvo. Cuando llegó una embarcación italiana de rescate, el alivio dio paso al caos. Los rescatistas tiraron chalecos salvavidas al agua y los pasajeros más jóvenes se tiraron hacia ellos. La conmoción hizo que el barco empezase a bambolearse.

“Les decíamos, ‘cálmense muchachos, todos vamos a recibir uno”’, relata Rashid Jaqali. “Nadie esperó. Esos chalecos no fueron nuestro rescate sino nuestra perdición”.

Los rescatistas sacaron primero a las mujeres, los niños y las familias. Asiéndose a barandas de metal, Yehia pudo acercarse a sus padres, aterrorizada. Rashid la empujó entre dos mujeres para que quedase al frente.

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