Una semana tarda el barco en llegar al puerto de Calshot. Si el proceloso Atlántico Sur no retarda la travesía. Y cuando el buque queda amarrado, todos los habitantes de Edimburgo de los Siete Mares se reúnen para descargar las mercancías y acomodar los productos que la isla exporta. Es un momento de efervescencia que ocurre apenas seis o siete veces al año.
A 2.430 kilómetros de la tierra habitada más cercana, Tristan da Cunha (o Tristán Acuña, en castellano) aparece probablemente en ninguna geografía escolar. Ese diminuto territorio, que los marinos distinguen en el horizonte por la silueta del volcán Queen Mary, se enorgullece de su título: “la isla más remota del mundo”.
¿Quiénes podrían residir en tan distante paraje? No muchos. Pero la comunidad de tristanians ha sobrevivido a ese aislamiento gracias a un modo de vida que alecciona a los habitantes en el resto del planeta
Langostas en Tokio
Los primeros exploradores de Tristan solo dejaron sus huellas en la cartografía: el marino portugués Tristão da Cunha la avistó por primera vez en 1506, y la tripulación de la fragata francesa L’Heure du Berger la colocó en los mapas en 1767. Ni siquiera el estadounidense Jonathan Lambert, el primer colono, que quiso cambiar el nombre y regir sobre la isla, trascendió a la fugaz anécdota.
La verdadera historia de Tristan comienza en 1816, cuando Gran Bretaña decidió enviar un destacamento de cinco oficiales y 36 soldados. La guarnición debía disuadir a los franceses de intentar el rescate de Napoleón Bonaparte, recluido en la “cercana” isla de Santa Helena. O más bien un año después, cuando el cabo William Glass, un escocés casado con una mujer sudafricana y padre de dos hijos, tuvo la inusitada idea de fundar una colonia en aquel fin del mundo.
Los tristanians demostraron una resistencia sin igual desde entonces. Han sobrevivido a tormentas, erupciones volcánicas, guerras mundiales, brotes de enfermedades, éxodos y escasez.
En 1961, por ejemplo, el Queen Mary despertó lanzando pedruscos y abriendo el suelo bajo las casas en Edimburgo de los Siete Mares. Londres ordenó la evacuación inmediata. Al llegar a Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, el reverendo Charles Jewett aseguró que jamás volverían a Tristan. “Ellos saben que no podrán retornar a habitar en la isla”, sentenció. Pero dos años más tarde, hartos de la vida en Southampton, Inglaterra, la mayoría de las familias regresó. Salvo la destruida fábrica procesadora de langostas, el resto de los edificios apenas había sufrido daños.
Esas langostas constituyen precisamente el orgullo de los tristanians. La fama del crustáceo ha cruzado las olas hasta llegar a restaurantes y hoteles en Estados Unidos, Japón y China. La economía local se mantiene también gracias a las ventas de raras estampillas de correo y monedas a coleccionistas, souvenirs y el turismo ocasional. Esos ingresos sirven para ofrecer servicios gratuitos de educación y salud pública.
El pacto de William Glass
El sitio oficial de Tristan da Cunha ofrece una síntesis del sistema social y económico que rige la vida en la isla. Todas las familias son agricultoras, poseen su propio ganado y un terreno en los campos de patatas, además de jardines en torno a sus casas, construidos por ellas o sus ancestros. Nada extraordinario… hasta ese punto.
Los tristanians controlan el crecimiento del ganado para conservar los pastos y evitar el enriquecimiento de unas familias por encima de las otras. La tierra le pertenece a la comunidad.
Así ha sido desde 1817, cuando William Glass firmó un acuerdo con Samuel Burnell y John Nankivel, los dos albañiles que decidieron acompañarlo en su empresa. La Firma, como llamaron al pacto, estableció los principios de igualdad y solidaridad social que aún distinguen a la isla más remota del mundo.
En Edimburgo de los Siete Mares, hombres, mujeres y niños trabajan sin distinción en los campos de patatas. Los adultos disfrutan de rutinas laborales flexibles, que varían desde empleos en la administración local, la pesca, el procesamiento de langostas, el servicio doméstico y la elaboración de artesanías. Si una casa necesita reparaciones, los vecinos colaboran. La comunidad observa festividades tradicionales que alternan con el tiempo de trabajo. Y las mujeres asumen con frecuencia puestos en el gobierno.
Claro, dirán algunos, esa utopía solo es realizable en una comunidad de menos de 300 habitantes, homogénea y separada más de 2.400 kilómetros del bullicioso mundo real. Pero aceptar ese veredicto equivaldría a creer que la humanidad está condenada a la desigualdad, el machismo y el consumismo irracional.


