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En un planeta frenético y superpoblado, ¿por qué tener hijos?

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Los hijos de mis amigos brotan como champiñones. Como si pasada la treintena no quedase otra opción sino sumergirse en las aguas de la paternidad. Como una fatalidad. Algunos ya proyectan un segundo y hasta un tercer vástago. Y yo, padre de nadie todavía, me pregunto: ¿por qué añadir otro ser a una humanidad incapaz de satisfacer las necesidades básicas de sus 7.000 millones de individuos?

Un reciente informe de Unicef describe con exactitud el panorama: “La vida de millones de niños es arruinada por el solo hecho de vivir en determinado país, pertenecer a una comunidad particular o  nacer con cierto género.” Esa existencia desgraciada se ensaña con los menores de naciones en guerra como Nigeria, Somalia, Sudán del Sur, Siria y Yemen. Esos conflictos han convertido a 30 millones de pequeños en refugiados.

Y aun en las regiones donde la paz reina, la enfermedad y la muerte no descansan. De acuerdo con el citado reporte –El Estado Mundial de la Infancia 2016—el año pasado murieron cerca de seis millones de niños menores de cinco años a causa de enfermedades prevenibles y tratables.

Aunque los recién nacidos de hoy, como promedio, tengan 40 por ciento más de probabilidades de sobrevivir que a inicios de siglo, si la voluntad política y los recursos no acuden pronto al llamado de la Unicef, para 2030 habrán fallecido otros 69 millones de menores por las mismas razones.

Otros perecerán víctimas del tráfico de personas, el abuso sexual, el contrabando de órganos, la explotación laboral o su reclutamiento por ejércitos, guerrillas y pandillas.

Pero claro, este escenario horripilante no se extiende por todo el mundo. Desventurados los hijos de África, del Sudeste Asiático, de algunos países de América Latina… En el mundo desarrollado nada justifica la renuncia a la descendencia. ¿O sí?

¿Egoísmo o miopía?

La lista de pesares que engendran los hijos es larga. Incluso una popular autora francesa, Corinne Maier, los ha contabilizado en su bestseller “No Kid: 40 Reasons for Not Having Children”. Por ejemplo: tu círculo de amigos se reduce, la vida sexual de la pareja prácticamente se esfuma, tu economía cae en crisis, pierdes el control de tu tiempo, tu carrera profesional se detiene, contribuyes a la sobrepoblación del planeta y a un futuro de desempleo y exclusión social, etcétera.

Pero las mujeres y los hombres que deciden pasar sin descendencia aún son minoría. Para sociedades que entienden la maternidad como el cénit de la realización femenina y la procreación como un deber ciudadano, estos reacios a la tradición soportan una condena más o menos abierta. En síntesis, los acusan de egoístas por poner su bienestar personal por encima del interés superior de la especie.

El debate trasciende las razones personales y deja al descubierto partes bien sombrías de la sociedad moderna.

¿Por qué el nacimiento de una cría se traduce casi siempre en una pérdida de ingresos para las familias y un obstáculo para la realización profesional de las madres? Si el arribo de nuevos ciudadanos y contribuyentes asegura el futuro de la democracia y la economía, ¿por qué las sociedades no premian este aporte con mejores condiciones para las familias? Algunas ideas: prestaciones especiales por cada hijo, créditos de impuestos, subvenciones para los servicios de guadería, licencias parentales pagadas, equidad salalarial entre hombres y mujeres…  

El tenaz control que ejerce la mentalidad machista insiste en recluir a las mujeres al papel de madres, encargadas del cuidado de la descendencia. A ellas les cuesta el doble alcanzar el éxito fuera del hogar. Pocas ascienden a la cúspide de sus campos. Por otra parte, la dictadura del rendimiento, la competencia frenética en el mercado de trabajo castiga la devoción de los progenitores. Pero luego a esos mismos padres y madres les exigen la crianza de ciudadanos ejemplares.  

Los hijos son inocentes de los excesos que cometieron sus padres y abuelos. La sobrepoblación del planeta no provocó el actual desastre ecológico, sino un sistema de explotación irracional de los recursos naturales. Si millones de niños, en particular los nacidos en países en desarrollo, tienen grandes probabilidades de crecer en la precariedad, se debe en buena medida a la absurda distribución de la riqueza del planeta.  

La abstinencia sexual no remediará esos defectos del actual orden económico internacional. La desigualdad que la Unicef trata de aliviar con bien intencionados programas no desaparecerá hasta que el sistema no cambie radicalmente.

En cualquier caso, antes de concebir, todos deberíamos preguntarnos por qué queremos traer un niño a este mundo. ¿De qué manera ese nuevo ser contribuirá a un futuro de luz o al eclipse de nuestra civilización? Se trata, en fin, de una decisión ética, como ha señalado la periodista estadounidense Elizabeth Kolbert. Y la respuesta no pasa, en mi opinión, por la extinción de la especie.

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