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¿Favorece el temor ante el terrorismo las posibilidades electorales de Trump o las de Clinton?

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En el contexto de la presente contienda por la Presidencia de Estados Unidos, cada vez que una ataque terrorista golpea Estados Unidos se agita la polémica sobre si es Hillary Clinton o Donald Trump la persona más adecuada para encarar esas amenazas y si la consternación social ante ellas favorece o empeora las probabilidades de triunfo de cierta candidatura en la elección del 8 de noviembre.

Se trata de una pregunta compleja, de difícil respuesta, pero sin duda resonante. Es un signo del actual estado de ánimo ciudadano.

Y es común escuchar que una catástrofe súbita y dolorosa, como lo sería un atentado terrorista mayor en el país (aunque también se menciona una debacle económica o la revelación mayor de un secreto ominoso), podría inclinar de modo sustantivo la balanza en la lucha por llegar a la Casa Blanca.

Al respecto, con todo, se han formulado aproximaciones diversas. Por ejemplo, se ha constatado que Trump por lo general ha aprovechado con estridencia la cruda noticia de un atentado en Estados Unidos para lanzar ataques contra Clinton, a quien responsabiliza, por su gestión como secretaria de Estado, del auge del Estado Islámico. La ocurrencia de esos ataques, pese a su tragedia, es utilizada por el magnate para amplificar su mensaje de que la política de seguridad nacional del país está por los suelos y que restringir severamente la inmigración es un imperativo, un factor de vida o muerte.

Y, ya en su narcisismo, le da pie a Trump a decir que cuando él sea Presidente el terrorismo será abatido de modo rápido o expedito, creencia sazonada con afirmaciones como que si él hubiese estado al frente de la Casa Blanca en 2001 los atentados del 11 de septiembre no habrían sucedido.

Otros, en cambio (Clinton incluida), afirman que Trump carece del aplomo y el conocimiento para dirigir al país en caso de una amenaza y que, en realidad, es el magnate quien con sus dichos, agravios y posiciones extremas impone rudos riesgos a la seguridad nacional y envalentona a los terroristas.

Pero más allá de la retórica del momento, y de sus posibles efectos en la intención de voto, no es claro que el temor a un atentado, o la desventura de sufrirlo, actúe de modo automático a favor de Trump o de Clinton.  

El portal Vox, por ejemplo, hace un amplio recuento de las ramificaciones del asunto. Por ejemplo, señala que ventajas para Trump son que su lenguaje es más crudo y agresivo en el tema, que representa a un partido con ímpetu intervencionista (aunque el magnate deplora que George W. Bush haya invadido Irak) y hasta que el ser varón lo coloca ante ciertas personas en una posición de mayor “fuerza”.

En contrapartida, también se señala que la inexperiencia y estridencia de Trump son una desventaja para él en el tema del terrorismo y que los electores tienden a preferir individuos que ofrecen soluciones en lugar de los que simplemente claman ante las amenazas. Clinton, en ese sentido, es vista por muchos como más capaz y experimentada para estar al frente del país y de sus fuerzas armadas en caso de un atentado.

Además, expertos citados en Pacific Standard indican que el recurso a agitar el miedo resulta poco efectivo si no tiene detrás políticas de acción reales, no meramente propuestas. Por ello, sea cual sea la opinión sobre el desempeño de Clinton como secretaria de Estado, ella podría tener la ventaja sobre Trump por el mero hecho de haber ya emprendido acciones concretas.

Pero podría afirmarse que en el presente contienda las percepciones usuales se quedan cortas, y la demagogia de Trump en el tema del combate al terrorismo puede darle dividendos si logra focalizarla agudamente en contra de Clinton, por ejemplo en los próximos debates.

Las encuestas, con todo, no respaldan esa noción de modo inequívoco.  Por ejemplo, según Politico, sondeos dan a Clinton una ligera ventaja sobre Trump en la percepción de qué aspirante a la Casa Blanca es más capaz en los temas del terrorismo y la seguridad nacional, circunstancia que, como relata The New York Times, ella se ha apresurado a capitalizar en días recientes al afirmar que la retórica caústica, antiinmigrante y antimusulmana, de Trump habría ayudado y confortado a los terroristas. La campaña del magnate ha deplorado tal noción, aunque cabe recordar que en su momento tuvo su propia receta cuando Trump clamó que Clinton “inventó” al Ejército Islámico con sus políticas en el Departamento de Estado.

Sea como sea, las percepciones actuales que ven a Clinton o a Trump más o menos débiles para encarar el terrorismo están fundadas en los acontecimientos sucedidos recientemente (San Bernardino, Orlando y ahora Nueva York y New Jersey, por ejemplo), de suyo trágicos y perturbadores. Y el terrorismo, la islamofobia y la búsqueda de liderazgo firme y capaz inciden ciertamente en las decisiones de los votantes. Pero no hay claridad sobre qué sucedería a las tendencias electorales si un atentado aún más grande tuviese lugar antes de los comicios.

Un antecedente, aunque no equiparable por las diferencias políticas e históricas entre países y candidatos, fue la derrota del gobernante Partido Popular en España luego de que, unos cuantos días antes de las elecciones en 2004, terroristas cometieron cruentos y criminales ataques en trenes en Madrid. Se ha mencionado que la consternación por los terribles atentados influyó en el resultado electoral, pero la insistencia del gobierno de Aznar en atribuir los ataques a ETA y no a yihadistas islámicos (Al Qaeda se responsabilizó del atentado) fue interpretada por muchos como un afán de evadir un mayor costo electoral, dado el apoyo del gobierno español prestó a la invasión de Irak. Esa digresión, mentira para muchos, habría también pesado en el resultado de las elecciones.

Lo sucedido en 2004 en España no puede con todo extrapolarse a Estados Unidos en 2016. Y en realidad cabe esperar que no se registren nuevos ataques, grandes o pequeños.

Pero ante la incertidumbre sobre el futuro, y las tensiones existentes, cabe decir que no es lo mismo agitar el miedo que enfrentarlo, ni atizar los temores o descalificar al contrario preparan para actuar con solidaridad y firmeza cuando la amenaza es real. Como señalaFiveThirtyEight, en una elección con dos candidatos con fuertes déficit de confianza, no es claro en realidad hacia quién voltearán los ciudadanos al votar al considerar el tema del combate al terrorismo y la seguridad.

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