El Mediterráneo ya no va a volver a ser simplemente ese mar que baña a más de dos decenas de países de Europa, norte de África y Oriente Medio. Desde hace unos años también se ha convertido en un enorme cementerio en el que reposan los restos de sirios, eritreos, sudaneses y otras nacionalidades en sus intentos por llegar a Europa.
Las cifras no mienten y muestran que el año 2015 fue el año más mortal con 3.771 personas que perdieron la vida, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). El 2016 tiene un escenario aún peor.
Uno de los últimos episodios trágicos se ha producido cerca de la costa egipcia, concretamente en la población de Burg Rashid, al noroeste del país, cuando una embarcación ilegal que transportaba a aproximadamente 450 personas (un centenar de ellas en la bodega) naufragó debido al exceso de ocupantes. Pese a la dimensión de lo ocurrido, la noticia no ha ocupado ni portadas ni titulares, ¿tanto nos hemos acostumbrado ya a situaciones así y por eso nos volvemos tan insensibles?
Las autoridades egipcias han rescatado a 163 personas y hasta ahora se han recuperado 202 cadáveres, aunque las labores de rescate aún no han terminado pese a que el gobernador de la provincia de Beheira ha afirmado que el número de cuerpos encontrados “es casi definitivo”.
Un negocio muy lucrativo
En esta embarcación viajaban egipcios, sudaneses, eritreos, sirios y etíopes, tal y como reveló ACNUR. Se trata de personas que huyen de una situación muy complicada en sus países, incluso de guerra civil como en el caso de Siria, por lo que emprenden la travesía por el mar para intentar llegar a Italia o Grecia, dos de las principales puertas de Europa. Sin embargo, hay dos problemas fundamentales.
El primero de ellos es que este tipo de embarcaciones están controladas por mafias que intentan sacar la máxima tajada de la dificultad ajena. Así cobran miles de euros por un pasaje en barcos que van llenos de gente y que afrontan travesías muy peligrosas.
Tradicionalmente desde Libia, donde la complicada situación del país hace que estos traficantes de personas actúen libremente, pero en ocasiones también desde otros países como Egipto.
El segundo es la respuesta de la Unión Europea. En lugar de perseguir a estos grupos que juegan con la vida de la gente, simplemente se ha conformado con buscar un acuerdo con Turquía (a cambio de mucho dinero) que permita la devolución de aquellas personas que a pesar de todas las dificultades consiguen alcanzar suelo europeo. No se persigue al verdugo, sino a las víctimas, por lo que las mafias siguen operando en un lucrativo negocio del que siempre sacan beneficio.
Por eso probablemente el 2016 sustituya al 2015 como el año con más muertes en el Mediterráneo. A finales de julio la OIM reveló que casi 3.000 personas ya habían muerto en el mar desde enero, 2.500 en los últimos cuatro meses lo que mostraba que la media era de 20 ahogados por día.
Una barbaridad que muestra que las supuestas soluciones europeas para contener el flujo no han dado resultado. El acuerdo con Turquía pretendía disuadir, pero lascifras muestran que se ha producido el efecto contrario.
Así, día a día, muerte a muerte, el Mediterráneo se sigue convirtiendo en unaenorme fosa común en la que sobrevivir termina siendo más cuestión de azar que de decisión de las personas.


