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El plan de Trump contra el Estado Islámico es pura obviedad, y muy parecido al de Clinton

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La estrategia de Trump contra ISIS no plantea nada específico, pero en lo interno ha vinculado la lucha antiterrorista con control de la inmigración de musulmanes y de las comunidades de esa religión en EEUU. (Foreign Policy Magazine)

La amenaza terrorista del Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) es uno de los temas candentes en la campaña presidencial en Estados Unidos y uno en el que Donald Trump y los republicanos han sido efectivos –aunque también equívocos– al machacar a la candidata demócrata Hillary Clinton y al presidente Barack Obama.

Los brutales ataques que ISIS o personas vinculadas o inspiradas en ese grupo han lanzado en los últimos meses en Europa y en Estados Unidos (los atentados en París, Bruselas, San Bernardino y Orlando, por ejemplo) causaron profunda inquietud y zozobra y han vuelto acuciante que gobiernos y candidatos cuenten con una estrategia clara y efectiva para frenar el terrorismo y prevenir nuevos ataques.

La estrategia de Trump contra ISIS no plantea nada específico, pero en lo interno ha vinculado la lucha antiterrorista con control de la inmigración de musulmanes y de las comunidades de esa religión en EEUU. (IB Times)

Trump, desde luego, ha hecho su parte con singular estridencia: desde señalar a Obama y Clinton como los ‘creadores’ de ISIS por el vacío dejado en Irak tras la retirada (pactada desde tiempos de George W. Bush) de las fuerzas armadas estadounidenses, hasta acusar a la demócrata de incapacidad en política exterior por su manejo de la crisis en Libia (en donde murieron diplomáticos estadounidenses), por el acuerdo de contención nuclear con Irán (que él cree nocivo para Estados Unidos) y por su voto en 2002 a favor de la invasión de Irak propugnada por Bush y los halcones republicanos entonces en el poder.

Y si bien es cierto que la intervención en Irak fue desastrosa (Trump al principio la avaló, aunque hoy lo niegue) y que la tragedia de Bengasi fue un rudo golpe que podría haberse evitado, nada de esas críticas y los vilipendios contra Clinton hacen al magnate más capaz (o incluso capaz en sí) de enfrentar el reto mayúsculo de ISIS y otros grupos terroristas y, en general, de las tensas relaciones internacionales en Medio Oriente. Pero sí le ha servido para atacar a Clinton y mostrarla, a su juicio, como inadecuada para encarar ese enorme reto con éxito, incluso para en su discurso situarla como una de las responsables de la actual crisis.

El terrorismo debe ser erradicado, pero no hay una fórmula inmediata ni infalible para hacerlo.

En un mundo complejo, las decisiones u omisiones de un gobierno (incluido el del presidente Obama y la entonces secretaria de Estado Clinton) tienen de suyo implicaciones positivas y nocivas, hay aciertos y errores que deben ser objeto de escrutinio y rendición de cuentas. Pero los alegatos de Trump son mayormente retórica de campaña y, en realidad, el plan que ha presentado para combatir a ISIS no es sino una enunciación de generalidades y obviedades, sin detalles que, en realidad, lo muestren superior o más propicio que lo que Clinton u otros han planteado como estrategias activas o posibles para atacar el flagelo del terrorismo.

El
reproche de la familia Khan contra Trump, cuyo hijo murió sirviendo en el
ejército de EEUU, es muestra del rechazo que los musulmanes estadounidenses
sienten ante la retórica del magnate. (AP)

Por ejemplo, en un discurso
sobre ese tema dado en Ohio el
pasado 15 de agosto, Trump abordó la amenaza del terrorismo fundamentalista
islámico dedicando gran parte de su tiempo a criticar lo hecho y lo malhecho
por los gobiernos de Bush y Obama y a mostrar una imagen negativa de Clinton al
respecto. Es algo que resulta natural en una campaña cargada de ataques y
tensiones, pero sus propuestas concretas fueron meramente enunciativas. Y en
otra ocasión llegó incluso a decir que las especificidades de su plan serían
secretas, sugiriendo con un tono de disparate que quien ofrece lineamientos más
puntuales le estaría dando ventajas a ISIS.

Trump indicó, por ejemplo, que su plan es poner fin a la
estrategia de “cambio de régimen y construcción nacional” en Medio Oriente,
algo que en sí ya está, salvo quizá en Siria, fuera de lo probable, incluso en
el tema de los kurdos. Llamó a colaborar con los aliados de Estados Unidos en
Medio Oriente –Israel, Jordania, Egipto–, algo que ya actualmente sucede; a
impulsar a que la OTAN intervenga en el combate al terrorismo (lo que también
ya está en marcha, por ejemplo, con el Programa
DAT POW) y a tener acercamientos con Rusia sobre todo en el tema de la lucha
contra ISIS en Siria (un diálogo que es fluctuante y tenso y que podría
dinamizarse, pero que ha tenido lugar por meses).

Propuso  una coalición militar para enfrentar al Estado
Islámico (que ya está en pie y podría redoblarse, pues Jordania, Irak, Turquía,
Qatar, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes, Bahrein, los kurdos en Irak y
Siria, Canadá, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Holanda y Australia, además de
Estados Unidos han participado al menos desde 2014 con fuerzas militares, sobre
todo en ataques aéreos); cortar las fuentes de financiamiento del grupo
terrorista; y exhibir el tono ominoso y amenazante de la ideología del
terrorismo fundamentalista islamista.

Así, no hay en realidad aportaciones nuevas y relevantes
de Trump distintas a lo que ya se ha hecho y presumiblemente se seguirá
haciendo de parte de Estados Unidos contra ISIS. Y, como comenta Mother Jones, el plan del magnate
sería el mismo que ha emprendido ya el gobierno de Obama y propone
Clinton.

Si
se compara lo publicado al respecto en los sitios web de la campaña
presidencial demócrata con lo que
ha publicado Trump, el ciudadano no encontraría demasiadas diferencias de fondo
más allá de los antagonismos y los formulismos.

La realidad es que el margen de maniobra que actualmente
existe contra ISIS es limitado y dado que ninguno de los dos candidatos ha
contemplado explícitamente una intervención militar estadounidense masiva en
territorio sirio o iraquí (una opción que sería ruda, compleja y de
consecuencias inciertas), Trump y Clinton en realidad sólo se hacen caras ante
el espejo en la materia.

El aspecto diferenciador es, mayormente, en el ámbito
interno: Trump propone restricciones severas en inmigración, freno a la llegada
de personas procedentes de regiones donde se registra actividad sustantiva de
grupos terroristas y, en su momento, llamó a poner un alto temporal a la
entrada de musulmanes al país hasta que se tenga la plena capacidad de
examinarlos a todos para detectar terroristas actuales o potenciales, una
premisa que es de suyo bastante inasible, y tiene ramificaciones xenófobas y
antimusulmanas.

Y ha sugerido establecer una suerte de vigilancia y control
de las comunidades musulmanas en Estados Unidos, algo que sería persecutorio,
divisivo y posiblemente contrario a la Constitución y los derechos civiles. Que
todos en el país deben respetar la ley y practicar la tolerancia y el respeto
es una noción irrefutable, pero estigmatizar y perseguir a comunidades enteras,
en su inmensa mayoría inocentes, es propio de totalitarismos y no de
democracias.

Es cierto que el gobierno estadounidense ha tenido
responsabilidad en el actual estado de crisis y caos que existe en amplias
zonas de Medio Oriente y que de haber actuado en su momento de otra manera (que
haya sido posible o deseable es otra cosa) en Siria podría haberse minimizado
el auge de ISIS.  Y también que se han dado fallas de inteligencia y se
requieren mejoras en seguridad.

Pero también debe reconocerse que el abatimiento de Bin
Laden y la merma de Al Qaeda, y también los recientes avances en la lucha
contra ISIS en Irak, son logros de la administración de Obama y de sus aliados
que cabe destacar.

Con todo, lo cierto es que ni Clinton ni Trump podrán de
inmediato resolver el problema del terrorismo ni acabar con ISIS, que la
amenaza de ataques perdurará sea quien sea quien gane las elecciones y que con
demagogia y estigmatización el camino no lleva, en realidad, a puerto propicio
más allá de la inmediatez electoralista.

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