En las funerarias del
condado de McDowell se han acostumbrado desde hace tiempo a la llegada
ocasional de cadáveres menos viejos de lo habitual. Jim Sly, responsable de la
Fanning Funeral Home en Welch, la capital del condado, recuerda cuando dos
familiares de un fallecido llegaron a su establecimiento para preparar el
funeral y perdieron el conocimiento. Sospecha que habían tomado algo.
“Vemos más muertes
por sobredosis que antes”, dice.
“Aunque quizá”, añade, “es que seamos capaces de diagnosticarlas mejor”.
Es difícil encontrar a alguien, en esta región minera en la
cadena montañosa de los Apalaches, que no tenga un familiar o amigo con problemas de drogas, sobre todo
pastillas analgésicas que pueden obtenerse con receta médica.
Sin autopistas que comuniquen el condado con el mundo exterior,
sin supermercados bien surtidos con fruta y verdura fresca, sin oportunidades
para ganarse el sustento a menos que sea con subsidios públicos, este es un
lugar aislado, el caso más extremo de un país —los Estados Unidos más blancos y
rurales— que muere lentamente, y no sólo por sobredosis.
“Mañana tengo un funeral”, dice Martin West, el sheriff del
condado. “Un chico con algunos problemas”. En la entrada de las oficinas de
sheriff, en Welch, hay dos cajas con un cartel que invita a depositar de forma
anónima botes de pastillas y jeringuillas para su destrucción.
West es, además de sheriff,
pastor protestante. Como agente del orden, su misión es perseguir el crimen:
nueve de cada diez casos que trata tienen que ver con la droga. Como
predicador, debe consolar a las familias destruidas por una epidemia que ha
contribuido a elevar la tasa de
mortalidad entre los blancos de
entre 45 y 54 años en todo EE UU. La esperanza de vida
para los hombres en McDowell era en 2010 de 64
años, 18 menos que en el condado de Fairfax, a las afueras de Washington, a 560
kilómetros de allí.
En las calles de Welch y de otros pueblos a lo largo de la
carretera 52 se ven escaparates tapiados; una escuela abandonada con un aula de
música y, sobre el piano, la última partitura; un hotel en ruinas; viviendas en
cuyo interior crece la vegetación. Son restos del esplendor pasado, cuando el
condado superaba los 100.000 habitantes. Los años en los que el carbón era a
Welch lo que el automóvil a Detroit: el combustible de la nación.
Hoy viven unas 18.000 personas en McDowell, y no hay ni
concesionarios ni, desde que el pasado invierno cerró Wal-Mart, una gran
superficie. Se atribuye a Wal-Mart y su política de precios bajos y oferta inacabable
la destrucción del tejido de pequeños comercios —y, finalmente, la decadencia
de los centros urbanos— en la América rural. La paradoja es que el cierre del
Wal-Mart es un segundo golpe, quizá mayor, para McDowell. Porque obliga a sus
habitantes a desplazarse hasta una hora, por carreteras de montaña, hasta los
condados vecinos para hacer las compras.
“Tienda cerrada a las 19 horas. Jueves 27 de enero 2016”, se lee
en una nota pegada en la puerta tapiada de Wal-Mart. Suena a certificado de
defunción.
“Era el centro social del condado”, dice Linda McKinney, que
junto a su marido, Bob, se ocupa de un banco de alimentos y ropa que ayuda a
entre 1.200 y 1.800 personas al mes, un 10% de la población de McDowell. El
cierre de Wal-Mart también ha golpeado a esta actividad, que obtenía allí
comida sobrante.
Un tercio de los habitantes de McDowell vive en la pobreza,
según los datos de la Oficina federal del censo. Los ingresos anuales por
cápita son de 14.813 dólares (unos 13.300 euros), la mitad que en todo EE UU.
McKinney atribuye la alta mortalidad a la falta de ejercicio y a la mala
nutrición, relacionada con la escasez de supermercados con comida fresca.
“No somos distintos de otras
partes del mundo, salvo en un hecho: no tenemos una clase media”, dice Harold
McBride, presidente del condado de McDowell. Una vez emigrada a condados
vecinos, argumenta McBride, ha dejado a McDowell sin el pegamento social
necesario para recuperar la prosperidad.
El candidato republicano Donald Trump no entusiasma nada a este condado
demócrata, pero nadie olvida que la candidata de este partido, Hillary Clinton,
dio por hecho hace unos meses que muchos mineros del carbón se quedarían sin trabajo, lo que se
interpretó como una declaración de guerra contra los habitantes de los
Apalaches.
En la recepción de la funeraria Widener, un titular del diario The Welch News reza: “Carfentanil: un
factor nuevo en la crisis de los opiáceos en EE UU”. Kenneth Widener, que
trabaja en el negocio familiar, explica que las muertes por sobredosis siguen
siendo una fracción pequeña del total y se queja: “Cuando salimos en las
noticias, ponen la peor casa y la persona con peor aspecto”.
Conduciendo por carreteras secundarias entre paisajes idílicos, Sabrina Shrader, luchadora incansable
por el buen nombre de estas tierras, recuerda su infancia en McDowell, donde
vivió hasta los 13 años, y habla de sus sueños: participó en la campaña por la
nominación del senador Bernie Sanders —rival de Clinton en las primarias del
Partido Demócrata— y ahora es candidata demócrata por el condado vecino,
Mercer, a la cámara legislativa de Virginia Occidental. “Soy una cristiana de
los Apalaches”, se define Shrader, que salpica su conversación con referencias
bíblicas y se muestra orgullosa de esta identidad.
En Davy, un pueblo de 400 habitantes junto a una línea del
ferrocarril, viven los Wingate: su amiga de infancia Heather con su marido Adam
y sus dos hijos. Adam Wingate, que llegó a Estados Unidos a los cinco años
procedente de Líbano, adoptado por una familia local, es minero y lleva cuatro
meses sin trabajo.
“De ninguna manera quiero que mis hijos se queden aquí”, dice.
En el parque cercano ha llegado a encontrar jeringuillas.
Heather Wingate recuerda que a los 22 años tuvo un accidente de
coche y el médico le prescribió 180 pastillas analgésicas. “Aquí”, dice, “las
buenas personas hacen cosas malas”.
Los que se sienten invisibles
El aumento de la mortalidad entre los blancos de edad mediana,
estudiada por los economistas Anne
Case y Angus Deaton, no ocurre en otros países desarrollados ni entre otros
grupos étnicos de los propios Estados Unidos. Este es el grupo social que nutre
las filas de los seguidores de Donald Trump. Con un mensaje populista y
nacionalista, el candidato republicano a la Casa Blanca ha conectado con estos
votantes que se sienten desplazados por la globalización, menospreciados por
las élites, desubicados en un país cada vez más diverso, “un grupo que cada vez
se siente más invisible”, como ha escrito Case. McDowell, en el estado de
Virginia Occidental, es el tercer condado con mayor tasa de mortalidad
prematura de EE UU (los dos primeros se encuentran en reservas indias de Dakota
del Sur), una baremo elaborado por la Universidad de Wisconsin que mide las probabilidades de morir antes de los 75 años.


