Robert Hood trabaja como director asistente del puerto de entrada San Isidro, entre California (EE.UU.) y Tijuana (México).
Robert Hood, agente de la agencia de Aduanas y Protección Fronteriza estadounidense (CBP, por sus siglas en inglés), permanecía de pie en la frontera entre Estados Unidos y México frente a 25 filas de autos que esperaban cruzar.
Cualquiera de los conductores, él lo sabía muy bien, podía estar traficando cocaína, heroína, metanfetamina o migrantes indocumentados.
Los ojos de Hood escaneaban de izquierda a derecha. Su mirada se fijó en un automóvil de marca Hyundai plateado y en otro Honda azul.
Traté de seguir su mirada, para ver lo mismo que él. Pero lo único que percibí fue un mar de vehículos con conductores aparentemente aburridos.
Hood vio algo más, algo sospechoso. “Veo un par de autos que quiero analizar”, dijo.
Localizado a unos 24 kilómetros al sur de San Diego, California, y contiguo a la ciudad mexicana de Tijuana, el puerto de entrada de San Ysidro es el cruce fronterizo terrestre más transitado del planeta.
Cada día en este punto de control y en otro llamado Otay Mesa, a varios kilómetros de distancia, más de 100.000 personas cruzan la frontera entre México y Estados Unidos.
Gente que va al trabajo o a la escuela, a visitar familiares o pasar las vacaciones. El volumen es asombroso.


