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Home office, calles semivacías, y negocios sin clientes: la CDMX comienza a apagarse por el coronavirus

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Son poco más de la seis de la tarde y el Paseo de la Reforma, en el corazón financiero de la Ciudad de México, el tráfico fluye con una ligereza poco habitual para un martes después de un puente y en plena hora pico.

Los carriles centrales de la gran avenida, entre el Ángel de la Independencia y la Estela de Luz, llevan carga vehicular, aunque apenas se escuchan los habituales toques de claxon escupiendo estridencias.

Los semblantes de los agentes de tránsito, cotidianamente tensos y con las mandíbulas apretadas por la cascada de gritos y de insultos que salen del embudo que se forma en la glorieta de la Diana, están relajados. Hoy, los semáforos se bastan por sí solos para controlar la marabunta capitalina.

A unos pocos metros de distancia, en la estación del Metrobús Chapultepec donde a diario se forman filas kilométricas, el policía está sorprendido porque los autobuses que custodia bajan desde Campo Marte con múltiples lugares libres.

“Parece domingo”, dice sonriente y encogiendo los hombros.

Por las dos laterales de Reforma, a la altura de la Torre Mayor, no circulan coches, ni tampoco bicicletas.

Y la calle Toledo, que en día laboral es un corredor estrecho de puestos ambulantes y de miles de personas caminando hacia el Metro Sevilla después del trabajo, está casi desierta y con lugares libres de estacionamiento. Algo insólito para la zona.

La ciudad continúa con las pulsaciones constantes: los restaurantes, las cafeterías, las fondas, los puestos ambulantes… Todo sigue abierto.

Pero, aunque en México no se ha decretado aún ninguna medida excepcional de confinamiento para evitar la propagación del Coronavirus COVID-19-, como ya sucedió en múltiples países donde el brote está causando miles de contagios, como España, Italia o Francia, una parte de la capital mexicana ha comenzado a resguardarse. A apagarse.

Se nota especialmente a esta hora pico, y en esta zona, donde corporativos bancarios, compañías transnacionales, empresas locales, y embajadas de medio mundo, han comenzado a dar instrucciones a su personal para que desde ya comiencen a laborar desde casa. En home office.

“Si uno no sale a trabajar a la calle, no come”

Pero el home office, que para muchos es un alivio ante la pandemia, como dijo Cristina Rodríguez, para otras personas es un verdadero quebradero de cabeza y un sufrimiento para el bolsillo.

Por ejemplo, Olivia Hernández, una comerciante ambulante de 62 años que vende cigarrillos, chicles, y botellas de agua, justo enfrente de la torre BBVA, dice que hoy ha sido un día pésimo para ella. Y lo peor, añade, es que apenas es el primero ante una pandemia de consecuencias aún desconocidas para México.

“Ya son casi las siete de la tarde y aún no he vendido ni la mitad de mi día”, lamenta la mujer, que está comenzando a recoger su puesto para dirigirse hacia el metro Chapultepec, desde donde iniciará un largo recorrido hasta Ciudad Neza, en el Estado de México.

“No sé qué es lo que a pasar con el Coronavirus. Para mí, es una situación muy complicada -dice apuntando con la barbilla al enorme monstruo vertical de hierros, cristales, y miles de tonelada de acero que dan forma a la Torre BBVA-. Porque si la gente no viene a trabajar al banco, o si deja de pasear por aquí, yo me quedo sin mi única fuente de ingreso. Y, entonces, ¿de qué voy a comer si no puedo trabajar?”.

León Guzmán trabaja a unos pasos de distancia de la señora Olivia, junto a la Estela de Luz. Él se dedica a bolear zapatos, principalmente de quienes salen del Metro y se dirigen a algunas de las torres corporativas que hay en la zona.

Con un diario entre las manos con manchas de grasa, León asegura que está al tanto de los estragos del Covid-19 en España, donde las autoridades decretaron un férreo estado de emergencia para controlar el brote, que incluye confinamientos y el cierre de comercios y establecimientos, afectando a millones de personas.

Frente a una canasta de mimbre repleta de chicles y chucherías, con las que complementa las ventas de las boleadas, León comenta que le preocupa el estado de precariedad laboral con el que va a afrontar la pandemia. Con la precariedad, se corrige, con la que ya está enfrentando la crisis: en un día normal de trabajo, ya habría boleado al menos 40 pares de zapatos. Hoy, ya casi terminando la jornada, no alcanza ni los 10.

O, en cifras más concretas: de ganar aproximadamente 500 pesos al día, apenas supera los 130 pesos.

“A diferencia de Europa, aquí si uno no sale a la calle a trabajar, ese día no come. Es así de sencillo”, resume el hombre de 58 años.

“A lo mejor más adelante busco protegerme de alguna forma, comprando algún cubrebocas -añade-. Pero, aunque nos dijeran ‘quédate en casa’, yo tengo que seguir viniendo a mi trabajo, porque en mi casa todos los días se gasta y todos los días se come”.

Hora pico, calle vacía

En la calle Toledo, rumbo al Metro Sevilla, el flujo de coches y de personas caminando es notoriamente inferior al de cualquier otro día, a pesar de que en la esquina de la calle Tokio hay un centro médico del IMSS habitualmente saturado a cualquier hora.

En una cafetería, Michael observa con el ceño fruncido las cuentas escritas en una libreta. A su alrededor, las mesas están vacías de clientes, y la cafetera hace rato que está fría y con las tazas limpias e intactas.

“Es hora pico y a calle está casi vacía, cuando en un día cualquiera estaría llena”, resume Michael su situación, que asegura que le recuerda mucho a la que ya ha vivido en otras crisis que enfrentó la ciudad, como el sismo de septiembre de 2017, o la epidemia de influenza AH1N1 de 2011.

Por el momento, de los 200 cafés que vende habitualmente al día, Michael dice con una sonrisa nerviosa que casi al cierre de la jornada lleva solo 14.

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