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Algo más que palabras

Victor Corcoba Herrero
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Nosotros, los humanos.

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Víctor Corcoba Herrero/ Escritor
corcoba@telefonica.net
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Nunca es tarde para recomenzar un tiempo. Este retornar a un nosotros
más fraterno es un vivo poema que nos da luz. A poco que penetremos en el
corazón hallaremos la dimensión comunitaria como centro de nuestros
pensamientos y abecedario de nuestra conciencia. Sea como fuere, el mundo ha de
transformarse en más sosiego, en más amor y, por ende, en más vida. No es
tiempo de reclutar a nadie, y aún menos a seres indefensos, sino de dejarlos
volar para que, por si mismos, hallen el camino de la liberación. Ya está bien
de activar torturas en lugar de abrirnos a la escucha, a la consideración del
otro, a la estima de uno mismo y a la conciliación de actitudes. De ahí la
importancia de la autenticidad de nuestras acciones en esa permanente búsqueda,
no del aplauso, sino del hallazgo a la solución del encuentro con la
diversidad.

Tenemos que salir de la hipocresía mundana, ser más interior que
exterior, más verbo que nombre, para conjugar la sencillez con la generosidad.
No podemos perder más tiempo en políticas que son más negocio que servicio, en
palabras que son más del momento que del tiempo, en protocolos que nos
acrecientan el egoísmo y la necedad. Hay que despertar, tomar el tiempo debido
para el impulso, pero actuar contundentemente, cuando menos por un planeta más
equitativo, más libre y humano, más de todos y de nadie.

Los humanos, sí todos y cada uno de nosotros, estamos llamados a tomar
parte activa en el camino a transitar. Por desgracia, nos hemos habituado a
vivir egoístamente, a luchar por las cosas materiales antes que por aquellas
que tienen alma, a no prestar atención a los que encienden batallas, a no
dejarnos interrogar por aquellos ciudadanos que no tienen un techo para
cobijarse, a no plantarle corazón a la violencia para desterrarla de nuestra
vista, a encogernos de hombros y mirar hacia otro lado, cuando vemos a alguien
que nos pide auxilio. En demasiadas ocasiones nos desentendemos de lo que
somos. Olvidamos que, cada minuto, 24 personas tienen que huir para salvar su
vida. Las raciones de comida en África se recortan hasta el 50% por falta de
fondos. Sin duda, estamos atravesando la mayor crisis humanitaria después de la
segunda guerra mundial, y apenas, mostramos interés por el cambio. El último
informe de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) pone de manifiesto,
precisamente, la falta de alternativas para estas gentes en Europa. Con apenas
dos meses del año 2017, cerca de tres centenares de personas ya han muerto
intentando cruzar el Mediterráneo. Nos consta que miles de refugiados recurren
a traficantes de personas, a falta de
vías legales para alcanzar un lugar seguro. ¡Qué pena de tantos muros y
fronteras inútiles!

Confieso que me quedo sin aire ante estos acontecimientos macabros.
Cualquiera de nosotros podemos ser un refugiado en algún momento. Nadie estamos
libres, en una tierra cada vez más convulsa, a quedar presos, a dormir en la
calle. Por ello, requerimos de otras expresiones más armónicas, menos
interesadas, por el camino del entendimiento y de la humildad. Para nada nos
facilitan el camino ciertos modales prepotentes, de orgullo y autosuficiencia.
Sin duda, deberíamos tomar otros itinerarios más sensibles con toda existencia
humana. Andamos saturados de despropósitos. A ello se suman los agentes
infecciosos que se expanden por doquier. Ahora sabemos que la contaminación
mata anualmente en España a cerca de tres mil personas y que, en todo el mundo,
provoca cada año más de tres millones de defunciones prematuras, según datos
recientes de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Dicho lo cual, nosotros
(los humanos), hemos de repensar en
modelos de producción que, aparte de asegurar recursos para todos y para las
generaciones futuras, no sean tóxicos, ni radioactivos.

Al fin y al cabo, todos tenemos derecho a respirar un aire limpio, pues
si importante es el derecho a ser tratados con respeto, también a vivir una
vida libre de contaminantes, de discriminación, coerción y abusos. Tras los
errores y horrores del siglo XX, no debe haber espacio para la deshumanización
en el siglo XXI, de manera que hemos de apostar por otro modo de  vida más constructivo, por nuevos hábitos más
níveos, para que pueda ser posible una mejor alianza entre todos y el hábitat.
Ojalá hallemos el natural abrazo con el que se une el cielo con la tierra, para
sentirnos íntimamente unidos con todo lo que existe.

Victor Corcoba Herrero
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