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Victor Corcoba Herrero
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Toca ensanchar el corazón. 

Por: Víctor Corcoba Herrero/ Escritor
corcoba@telefonica.net

Más de un millón de adolescentes mueren cada año por causas que se podrían evitar, según la Organización Mundial de la Salud, con mayores inversiones en servicios de salud, educación y apoyo social.

El mundo necesita unirse y reunirse para solucionar los muchos trances
que nos acorralan. Todo ello, hemos de hacerlo de manera conjunta y dialogada. Ciertamente,
acortadas las distancias entre nosotros, nos falta fusionar culturas hasta
hermanarse; porque, si en verdad queremos prevenir inútiles contiendas y
preservar lo armónico, hay que reorganizarse, rehacerse y renacerse como
humanidad reconciliada. Sea como fuere, debemos pasar página y reforzar la
confianza entre nosotros. En consecuencia, alistamos una necesidad de que la
ciudadanía se halle así misma y todo se ponga a su servicio, mediante el activo
de una cultura inclusiva y de justicia, igualitaria, que dignifique a todo ser
humano, cualquiera que sea su creencia, raza, sexo, posición económica u otra
condición. Ya está bien de tantos desprecios discriminatorios hacia nuestros
análogos. Ha llegado el momento de cobijar y auxiliarse, de enfundar las
espadas de los unos contra los otros, de
establecer el lenguaje del respeto ante todo y sobre todo y en todas partes, de
recuperar la gratuidad como abecedario de una globalizada civilización del
encuentro, y no del encontronazo, ni de la venganza. Sin duda, toca ensanchar
el corazón para poder vivir una vida más profunda; y, de este modo,
reencontrarse con el vínculo de la amistad y la apertura hacia nuestros
semejantes, desde la más genuina libertad y en un ambiente seguro de su persona.

También se requiere de otro mundo más activo con la vida de todo ser
humano. Ninguna energía puede eclipsarse a nuestros ojos. Aquí también nos
falta agrandar el alma, pues corrompida la civilización humana, nada tiene
sentido, ni armoniza. Desde luego, tenemos que entender la vida de otro modo
más condescendiente, incluidas nuestras propias relaciones, pues han de tener otro
espíritu más generoso. La guerra de los poderosos contra los débiles es algo absurdo
y arcaico. Debemos de superarlo de una vez por todas. Somos una generación pensante.
Pues humanicemos ese pensamiento. Por desgracia, si la eliminación de la vida
naciente o terminal suele enmascararse de falsedades y egoísmos, los que viven
en pleno desarrollo de sus potencialidades, tampoco lo tienen fácil bajo esta
degradante atmósfera, de tenebrosa ceguera moral. Hace falta, como el comer, el
injerto de una ética que ponga en valor la vida en todas sus etapas. Me niego a
que la cultura de la muerte nos gobierne. Somos un ser viviente en movimiento,
de ascendientes y descendientes, con el convencimiento de que nadie es un
despojo. Aún hay muchos países que desconocen las causas de enfermedad y muerte
de su población. Indudablemente, esto constituye un problema a la hora de
evaluar el impacto de las políticas sanitarias y de asistencia.  

Los moradores de este mundo, y más sus líderes, no pueden cruzarse de
brazos y permanecer indiferentes ante situaciones verdaderamente bochornosas
para una civilización que nos decimos humana, ofreciendo estampas
verdaderamente salvajes. A los datos me remito. Más de un millón de
adolescentes mueren cada año por causas que se podrían paralizar. La
Organización Mundial de la Salud, acaba de vociferarlo: “que podrían
evitarse a través de mayores inversiones en servicios de salud, educación y
apoyo social”. A este calvario de muertes hay que sumarle el número de
abortos o de prácticas de suicidio asistido, cuestión verdaderamente
escandalizadora. Al fin y al cabo, todos deseamos vivir, y las peticiones
abortistas o de muerte, suelen suceder por falta de humanidad, de apoyo
psicológico y afectivo. En demasiadas ocasiones, olvidamos que son las asistencias
a los que sufren, lo que nos humaniza y nos hace ser mejores personas. Ahí
tenemos este clima de deshumanización, viciándonos como jamás, en parte debido
a nuestra pasividad. Con otro corazón
más fraterno, se disipa y vence cualquier ambiente de soledad, o la
tentación de desesperación que cualquiera de nosotros podemos sufrir mañana
mismo. A veces, nos falta esa mirada de amor y nos sobra esa otra visión de
altanería, que nos ciega e impide formar parte de una existencia realmente
asistencial y coexistida, estimando esencial que los derechos humanos sean
protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que todo ser humano, por ínfimo
que nos parezca, no se vea constreñido al supremo recurso de la rebelión contra
la tiranía y la opresión.

Victor Corcoba Herrero
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