Por: Eduardo Ruiz-Healy.
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Se cumplieron tres semanas desde que tropas rusas
iniciaron su invasión de Ucrania y, quiérase o no, el mundo ha cambiado mucho
en este corto periodo.
Desde la crisis de los misiles rusos en Cuba que en
1962 enfrentó a Estados Unidos contra la extinta Unión Soviética, la humanidad
no había estado tan cerca como ahora de su total aniquilación por una guerra
nuclear. El nuevo zar ruso, Vladimir Putin, complicó el conflicto cuando
después de solo tres días de invadir ordenó a sus fuerzas nucleares a
mantenerse en alerta máxima.
Utilizando como pretexto las que calificó como
“declaraciones agresivas” de la OTAN y las duras sanciones financieras cuya
severidad tal vez nunca imaginó, su orden generó temores de que su invasión
podría escalar a una guerra nuclear, ya sea por diseño o por error.
Al poner en alerta a sus fuerzas nucleares Putin les
dijo a sus enemigos que está dispuesto a utilizarlas en caso de que sea
necesario. Que lo dijera en serio o no es irrelevante, porque una amenaza como
la suya más vale tomarla en serio.
Por lo anterior, la OTAN no ha enviado tropas a
Ucrania o impuesto una zona de no vuelo sobre ese país. Putin ha dicho que la
presencia de tropas de cualquier país de la OTAN en territorio ucraniano
equivaldría a una declaración de guerra contra Rusia y que su gobierno y
fuerzas armadas actuarán en consecuencia.
El presidente estadounidense Joe Biden ha sido claro
al decir que para prevenir una Tercera Guerra Mundial ningún ejército de la
alianza atlántica entrará a Ucrania y que la ayuda que su país y otros le dan
al gobierno de Volodímir Zelenski se limita a armas defensivas capaces de
derribar misiles, drones, aviones y helicópteros, destruir tanques y unidades
terrestres y herir o matar soldados rusos.
Daryl G. Kimball, director ejecutivo de la
organización Asociación para el Control de Armas y editor revista mensual Arms
Control Today, escribió esto hace unos días en el sitio thebulletin.org del
Bulletin of the Atomic Scientists: “La brutal guerra de Rusia en Ucrania
probablemente durará muchas semanas, si no meses o más… el mundo permanecerá en
una condición de mayor peligro nuclear durante algún tiempo. La situación exige
moderación y una solución diplomática. Pero una vez que termine la guerra en
Ucrania debe haber un ajuste de cuentas serio con el papel que juegan las armas
nucleares en las estrategias militares de los países nucleares de todo el mundo
y una presión renovada para que se tomen medidas para su eliminación”.
En México, el peligro de una guerra nuclear que nos
afectaría a todos parece no preocuparle al presidente Andrés Manuel López
Obrador, que en ningún momento se ha ofrecido a actuar como mediador entre las
partes beligerantes, a pesar de que el 1 de marzo dijo que México no sancionará
a Rusia porque “queremos estar en condiciones de poder hablar con las partes en
conflicto”.
Evidentemente le es más importante inaugurar un
aeropuerto inacabado o validar su popularidad mediante un proceso de revocación
de mandato cuyo resultado a su favor está fuera de cualquier duda.
A los que sí nos preocupamos por asuntos más
importantes, solo nos queda esperar que el conflicto ruso-ucraniano no llegue a
mayores, ya sea por diseño o por error.


