Una imagen impensable hasta hace poco se materializó el pasado 31 de octubre en Gyeongju, Corea del Sur: el primer ministro canadiense, Mark Carney, estrechando la mano del presidente chino, Xi Jinping, en una muestra pública de acercamiento diplomático. El encuentro, realizado al margen de la cumbre de la Cooperación Económica Asia-Pacífico, representa un giro significativo en las relaciones bilaterales entre Canadá y China, las cuales se habían deteriorado drásticamente desde 2018.
El arresto de la ejecutiva Meng Wanzhou en Vancouver, solicitado por Estados Unidos por cargos de fraude, desencadenó una crisis diplomática con Beijing. Poco después, China detuvo a los ciudadanos canadienses Michael Kovrig y Michael Spavor bajo cargos que Canadá calificó como fabricados. No fue sino hasta que Estados Unidos retiró la solicitud de extradición que Meng fue liberada y, en consecuencia, también lo fueron los dos canadienses, casi tres años después.
En la actualidad, los acontecimientos han tomado un nuevo rumbo. Según el gobierno canadiense, la reciente reunión de 40 minutos entre Carney y Xi marcó un “punto de inflexión” en la relación bilateral. Ambas partes se comprometieron a mejorar el diálogo político y la cooperación comercial. Como parte de esta nueva etapa, el primer ministro canadiense planea visitar China próximamente.
Este cambio de tono ocurre en un contexto de creciente tensión entre Canadá y su tradicional aliado, Estados Unidos. La administración del presidente Donald Trump ha endurecido su política comercial hacia Canadá, interrumpiendo negociaciones bilaterales tras un anuncio gubernamental que Trump calificó de “falso”. Además, impuso nuevos aranceles, lo que ha empujado a Canadá a reconsiderar sus alianzas estratégicas.
Lynette Ong, directora del Laboratorio de Gobernanza de China de la Universidad de Toronto, señaló: “Lo que hemos visto hasta ahora es la articulación de un conjunto diferente de intenciones hacia China… y la intención de repensar nuestra relación con China de manera fundamental”.
La economía también impulsa este giro. En los últimos meses, Canadá ha enfrentado medidas punitivas por parte de Beijing, como el arancel del 100 % al aceite de canola y el 75,8 % a las semillas de este mismo producto. Sin embargo, la reapertura del turismo grupal desde China y el levantamiento de ciertas restricciones comerciales marcan señales de distensión.
Doug Ford, primer ministro de Ontario, expresó en julio su apoyo a la reanudación de vínculos con China: “El enemigo de mi enemigo es mi amigo, y no considero a los estadounidenses el enemigo, pero ahora mismo el propio presidente Trump está actuando como tal”, declaró según la Canadian Press.
A pesar de las tensiones, la opinión pública en Canadá parece estar alineada con este cambio. Encuestas recientes revelan que el 46 % de los canadienses considera que Estados Unidos representa una amenaza mayor que China (34 %). No obstante, la percepción negativa hacia el gobierno chino sigue siendo predominante.
Michael Kovrig, ahora asesor principal del International Crisis Group, advirtió que “China quiere crear una gran brecha entre Canadá y Estados Unidos”. Añadió que “lo último que desea China es un Occidente fuerte y unido que intente limitar sus ambiciones globales”.
El enfoque más conciliador de Beijing también responde a una necesidad interna. Brian Wong, profesor de la Universidad de Hong Kong, explicó que “los funcionarios chinos han estado adoptando posturas… para generar buena voluntad entre los socios o aliados de larga data de Estados Unidos que pueden sentirse alienados por las acciones erráticas” de Washington.
No obstante, el acercamiento no está exento de condiciones. Kovrig advirtió que “China está intentando condicionar el acceso a altos dirigentes y la cooperación política… al respeto de lo que China denomina sus intereses fundamentales”, incluyendo asuntos delicados como Taiwán y los derechos humanos.
Fen Hampson, catedrático de la Universidad de Carleton, fue claro: “Si dejas de reconocer tus relaciones económicas con tus vecinos y socios comerciales más cercanos, no te sorprendas si estos empiezan a diversificar sus inversiones haciendo negocios y cerrando acuerdos con tu principal rival geopolítico”.
La diplomacia canadiense, en este complejo tablero internacional, se ve obligada a replantear su posición. Como señaló Ong, “Canadá está en buena posición para actuar como una especie de punto intermedio entre Estados Unidos y China”. Por ahora, Ottawa apuesta por equilibrar intereses en un mundo cada vez más polarizado.


