En un nuevo giro de la confrontación económica entre Washington y Pekín, las tensiones comerciales se han reactivado con fuerza. China afirmó este martes que luchará “hasta el final” en lo que definió como una “guerra comercial” resurgente con Estados Unidos.
El origen inmediato del conflicto radica en la decisión de Pekín de endurecer el control sobre la exportación de tierras raras —materiales esenciales para la industria tecnológica—, lo que desencadenó una fuerte reacción de la Casa Blanca. En respuesta, el presidente Donald Trump amenazó con imponer nuevos aranceles masivos y canceló una reunión prevista con su homólogo chino Xi Jinping. Trump calificó la política china de “hostil” y advirtió que Estados Unidos también tiene posiciones estratégicas que podría emplear.
Desde el lado chino, el Ministerio de Comercio aseguró que Pekín sigue abierto al diálogo, aunque enfatizó que Estados Unidos “no puede buscar conversaciones mientras amenaza con medidas nuevas”. Asimismo, analistas chinos han señalado que muchas de las tensiones actuales podrían haberse evitado si la administración de Trump no hubiera incrementado en septiembre el número de entidades chinas sometidas a controles de exportación.
Los movimientos repercutieron de inmediato en los mercados globales: las bolsas retrocedieron con fuerza, especialmente en Estados Unidos, donde el S&P 500 cayó cerca de 2,7 %. Las cotizaciones de los sectores tecnológicos y materias primas sufrieron pérdidas notables ante el aumento de la incertidumbre.
Paralelamente, China activó aranceles portuarios contra buques estadounidenses, mientras Washington preparó cargos contra embarcaciones de bandera o construcción chinas. Esta escalada multipolar evidencia que las disputas entre ambas potencias van más allá de simples tarifas comerciales: involucran logística marítima, regulaciones estratégicas y control de recursos críticos.
Analistas advierten que este nuevo enfrentamiento podría tener costos severos para ambos países. Para Estados Unidos, un endurecimiento arancelario podría elevar precios al consumidor, ralentizar cadenas globales de suministro y afectar sectores dependientes de componentes importados. Para China, si bien dispone de recursos y capacidad de respuesta, su economía muestra vulnerabilidades en áreas como el sector inmobiliario y la demanda interna.
El choque que ahora renace trae consigo riesgos geopolíticos amplios. Cuando Trump implementó aranceles agresivos sobre México y Canadá en 2025, las repercusiones comerciales en América del Norte fueron inmediatas; ahora esa lógica puede trasladarse a Asia con efectos aún más profundos.
En este escenario, la pregunta clave es si aún queda espacio para la diplomacia antes de que el conflicto escale a barreras comerciales más severas o represalias tecnológicas. Por ahora, ambos gobiernos cruzan sus líneas rojas con cautela, conscientes de que cualquier error podría desatar una nueva crisis económica global.


