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José Francisco Lopez Vargas
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Por Francisco López Vargas

Discutiendo con mis compañeros del programa Con Todo Respeto, de Telesur Yucatán, les decía que no sé quién es más peligroso entre los ex gobernadores depredadores: Javier Duarte o Roberto Borge.

La duda no tiene que ver con que ambos representan a una nueva generación de políticos corruptos que vaya que acreditan no tener llenadera. Se refiere más bien a la manera como Roberto Borge usó toda la estructura del gobierno quintanarroense para despojar no sólo al erario de sus recursos, sino a la entidad de sus reservas territoriales y a muchos empresarios de sus negocios y a muchos ciudadanos, incluso extranjeros, de sus bienes.

Javidú, como le dicen al prófugo veracruzano, acreditó que su pequeñez personal requería de bienes y propiedades para sentirse alguien importante. La libreta en la que su mujer escribe como penitencia que merecía la opulencia sólo denota una vida de escasez y de pauperrimidad incluso espiritual que se saciará casi exclusivamente con opulencia, con excesos, con abuso de posesión como si con éstas lograran revertir su sentimiento de inferioridad.

Algo así como la historia local de la crianza de cochinos que justifica el latrocinio por ser de cuna humilde. La pobreza de nacimiento para disculpar el latrocinio de la vejez: “nací pobre, robé mucho, triunfé en la vida…”

El modus operandi de Javidú por supuesto que tenía cómplices. Usó a muchos de sus colaboradores y amigos para apropiarse de los bienes de su estado. Les robó a todos, pero lo que considero dantesco es cómo Roberto Borge se le fue encima a todos sin distingos. Duarte no despojó a nadie de su hotel, no le quitó a nadie su terreno, se robó todo el dinero, falseó hasta las medicinas lo que lo pone en categoría de infrahumano, pero Borge armó expedientes laborales para despojar terrenos, hoteles, propiedades de gente que al ser despojada dejó a otros sin empleos, a otros sin los servicios que pagaron.

La maquinación en ambos casos no tiene perdón y menos justificación, pero Javidú se ha convertido en el villano favorito sin considerar que las atrocidades de Borge son infinitamente mayores porque no sólo hizo lo mismo que el veracruzano sino que lesionó también a extranjeros asentados en Cancún, Tulúm y Playa del Carmen usando los instrumentos legales y legítimos del estado para procurar justicia exactamente al revés: para el despojo, para ensañarse con quienes ni siquiera conocía y para arrebatarle su patrimonio a quienes legítimamente lo habían consolidado teniéndole confianza a este país, a sus leyes y a sus autoridades.

No es que el despojo a mexicanos sea menor, pero hacerlo como lo hizo Borge sin que hoy se le recrimine ni se le persiga, es un despropósito. Dimensionar el daño que los gobernadores -ejemplo del nuevo priismo- es inconmensurable, cuantificar su ambición y osadía es imposible.

La realidad es que quienes asumieron el poder en los últimos años del gobierno de Enrique Peña y financiaron buena parte de su campaña, gozan hoy de esa impunidad de actuación también porque nunca hubo en la secretaría de Gobernación un poderoso negociador que metiera orden o, al menos, pudiera tener la fortaleza para evitar que los daños salieran de la manera como han salido.

Es claro que Osorio nunca ha operado sólidamente como titular de la dependencia; usar, por ejemplo, el tema del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) como un ejemplo de negociación exitosa no es así por la simple razón de que Martín Esparza y su madre son no sólo cercanos al secretario Osorio sino que las concesiones que logró Martín al calor de su señora madre, comadre de Osorio, fueron para beneficiar al secretario de Gobernación, un tema que nadie ha deshilvanado.

Además, esas complicidades también van con el financiamiento a la campaña de Enrique Peña Nieto que prácticamente dieron una patente de corzo y usaron hasta como justificación para el latrocinio, sobre todo después de ventilarse el tema de la casa blanca, donde el presidente perdió toda calidad moral para atajar la corrupción de sus correligionarios.

Preocupa que la nueva generación de políticos piensen que ante el ejemplo recibido en este sexenio, las posibilidades de impunidad son infinitas y, como Javidú o peor aún, como Borge, se dediquen a usar el poder político para hacer las lindezas que aquí hemos detallado.

El país no puede y no debe caer en manos de depredadores. No sólo debemos de luchar por tener un gobierno eficiente sino también porque sea un gobierno honesto y eso, por desgracia, no se ve posible con la clase política actual, de cualquier partido. Y, por favor, no me vayan a decir que el tabasqueño es el hombre más honesto porque después de 18 años en campaña, vaya que necesitaríamos saber de dónde ha salido su manutención, pero sobre todo darnos cuenta que quienes fueron sus enemigos de ayer hoy se han convertido en sus aliados, pero ese tema lo discutimos en otro momento, sólo no caiga en el garlito de que AMLO es el bueno…

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