Mirar y ver al Crucificado, y decir con asombro:“Allí es donde han ido mis pecados.
Tú los has cargado sobre ti.
No me has apuntado con el dedo, me has abierto los brazos y me has perdonado otra vez”.
(El Santo Padre Francisco)
Cada amanecer es un nuevo despertar, un naciente sentir y un flamante
concebir, un salir de uno mismo y un reunirse en familia, para no sentirse solo y animarse, que reanimado por el amor, uno se halla.
Cuántas veces nos encontramos perdidos, y perdemos las ganas de vivir, porque nos falta la pasión de la vida, y nos sobran las miserias humanas, aquellas que nos impiden soñar y ser.
A los ojos de Dios somos el verso; su verbo, aquel que no lastima; su silencio, aquel que no daña; su soledad, aquella que no golpea; pues un Padre, siempre sana y perdona.
Nuestra fuerza es tan débil como frágil, nuestra lucha interior es dura pero pasa, nuestro Señor nos entiende y atiende, siempre está ahí, de servicio fijo, como hijo del Creador nos hermana.
Jesús nos conoce y nos reconoce, sabe de nosotros, nos levanta y cuida,nos salvaguarda y guarda de todo mal.
Vuelvan a nuestros caminos los signos, la luz que concierta pulsos con pasos.
Regresemos al abrazo penitencial, cada cual consigo y con los demás, elevemos la plegaria hasta el cielo, pongamos el espíritu, en disposición
de darnos savia, con la fuerza de la Cruz.


