La Revista

Con el corazón en la mano

Manuel Triay Peniche
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Por Manuel Triay Peniche

Con mis estudios truncos, el paso por diferentes empleos como Pemex, el comercio o la industria Iusa en la ciudad de México, y un primogénito en brazos, el 23 de septiembre de 1968 dí un paso trascendente: Ingresé en Diario de Yucatán y comencé una vida inesperada que me ha permitido, de la mano de mi profesión, conocer de cerca el dolor humano, las carencias de unos y la abundancia de otros y, sobre todo, la generosidad de muchos por la que doy gracias a Dios.
Al Diario debo todo. Fue mi camino, mi guía y mi luz, y a su sombra Dios me permitió forjar un equipo extraordinario de amigos de las más variadas especialidades y con un denominador común: el prójimo. Ideas las tengo muchas y muy variadas, aunque mi capacidad de plasmarlas es casi nula pero el equipo del que estoy rodeado no sólo es el mejor sino el más eficiente, el más responsable, el de mayor entrega y mejores resultados.
Recuerdo hace varias década un matrimonio muy humilde que perdió su casa en un incendio, construida en terreno ajeno en la Colonia Maya. Mientras yo buscada entre mis amigos bloques, puertas y muebles para restituirla, uno de ellos me llamó y djio: deja que yo me encargue. Meses después aquel matrinio, con dos hijos pequeños, extrenó casa amueblada y, el marido, de oficio pocero, encontró acomojo en una maquiladora, al igual que la esposa.
Por aquellos tiempos, al terminar una misa dominical en un convento de esta ciudad, la superiora nos llamó a mi esposa y a mi: Apoyen a Carlos, él tiene la misión de cuidar y proteger a numerosos enfermos de VIH que viven en la calle y necesitan un hogar. Meses después, con la aportación económica de alguien cercano a nosotros, entregamos en Conkal el asilo San Juan de Dios, que incluía farmacia, capilla y un departamento.
Y así el Señor fue marcando un camino en mi vida, el camino de mis amigos generosos. Llegaron a Mérida las Madres de Calcuta y construyeron en un terreno donado por el Estado, comenzó la ocupación y con ésta las necesidades de comida y atención, y de nueva cuenta la colecta con la mano extendida: yo doy fruta, yo arroz y frijol, yo la carne o las medicinas, y la generosidad de los yucatecos se manifestaba en cada nuevo día.
Recuerdo una mañana la llamada de la madre superiora: Manuel, la despensa está vacía, no tenemos para la camida de hoy. Solía yo tener mis arranques, a veces en tono de broma pero sinceros: Madre, dije, son ustedes unas irresponsables. Para atonces daban albergue a 52 adultos mayores que requerían de todo tipo de atención, y diariamente servían almuerzo para 120 pequeños el sur profundo … y no tenían un peso de presupuesto.
Una, dos o más intervenciones de apoyo a veces en un algún albergue con ollas de comida, o visitas personales a alguna familia de Umán, o también desde los micrófonos de Cadena Rasa, pero siempre alabando a Dios por la generosidad manifiesta de los yucatecos, y agradeciendo a los amigos de quienes he aprendido que no se habla, se actúa; que no se firman convenios, se trabaja; que nada es imposible cuando se anteponen la voluntad y el amor a los marginados, a los carentes de oportunidades.
Por mis amigos conozco hoy la verdad desnuda de nuestra comunidad cuya salud mental está en grave riesgo, conozco de cerca las adicciones al alcohol y las drogas prohibidas en adolescentes, casi niños, sé de sus muchas y múltiples carencias al respecto y hago votos para que la generosidad de los yucatecos se siga manifestando en apoyar sin mirar a quien y se multiplique por los cuatro puntos cardinales.
En este aniversario laboral agradezco a Dios por los amigos que me ha dado, por quienes integran el Grupo Por Espita que trabaja en la prevención de la salud mental de aquel municipio, por lo mucho que he aprendido de ellos, por su acompañamiento y, sobre todo, por esa entrega profesional que los caracteriza y ese inmenso corazón que cada día se manifiesta en todo aquel que los requiere.

Manuel Triay Peniche
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