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Con retos enormes por delante, Clinton hace historia como la primera mujer que puede llegar a la Presidencia de EEUU

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Fue un camino larguísimo, pero finalmente Hillary Clinton se ha convertido en la virtual candidata demócrata a la Presidencia. Su andanza comenzó, en realidad, formalmente hace casi 10 años, cuando en enero de 2007 anunció que buscaría la nominación de su partido para las elecciones de 2008 y tuvo una interrupción abrupta luego de que fue vencida en esa primaria por Barack Obama.

Pero justo ocho años después de que en 2008 reconoció su derrota, Clinton se declaró vencedora en la contienda demócrata de 2016 tras lograr importantes victorias en New Jersey, Nuevo México, Dakota del Sur y, sobre todo, California. Un triunfo en ese último estado era visto como la oportunidad final de Bernie Sanders de colocarse como una alternativa a Clinton, pero la amplia ventaja de ella allí habría disipado esa posibilidad.

Eso no quiere decir que Sanders ya no tenga nada que hacer en la presente contienda. Por el contrario, su participación o ausencia será clave en la forma como el Partido Demócrata se organizará ideológica, humana y logísticamente para encarar al candidato republicano, Donald Trump.

Para Clinton, así, son momentos celebratorios, un logro personal ansiado que tuvo momentos amargos, huidizos, pero que aún está envuelto en la incertidumbre.

Con todo, la virtual nominación de Clinton es más que el encumbramiento a la candidatura presidencial de una persona de larga trayectoria y conexión con el poder (lo que no sería diferente a otras nominaciones en el pasado), sino que la candidatura de Clinton tiene resonancias históricas y retos presentes y futuros singulares, en muchos sentidos únicos y determinantes para la ruta que podría seguir Estados Unidos.

Ciertamente, Clinton es la primera mujer que asumirá la candidatura presidencial de uno de los dos grandes partidos estadounidenses (Demócrata y Republicano). No es la primera en disputar la Casa Blanca en una elección general pues, por ejemplo, en 2012 Jill Stein contendió por el Partido Verde, Cynthia McKinney lo hizo por esa misma formación en 2008, Lenora Fulani fue candidata presidencial del Partido Nueva Alianza en 1992 y 1988 e, incluso, en el siglo XIX, Victoria Woodhull y Belva Ann Lockwood fueron candidatas presidenciales (cuando las mujeres aún no tenían derecho al voto). Pero ninguna de ellas tuvo, en realidad, posibilidad de ganar y sus candidaturas lograron un porcentaje muy reducido de votos.

Clinton, en cambio, lidera en las encuestas: según RealClearPolitcs está 2 puntos arriba sobre Trump en el promedio de las encuestas y aventaja también al magnate en estados clave para la elección de noviembre como Florida, Ohio, Pennsylvania y Virginia.

La virtual nominación de Hillary (como lo fue la de Barack Obama en el caso de los afroamericanos) es desde luego histórica, pues representa que finalmente, y de un modo muy tardío en comparación al resto del mundo, una mujer en Estados Unidos tiene la posibilidad real y tangible de llegar a la Presidencia.

Ese solo factor ha sido destacado ampliamente en los medios, y la propia Clinton en su discurso de victoria del pasado 7 de junio conectó su victoria, y su propia trayectoria de vida y de familia, con momentos singulares como la Convención de Séneca Falls de 1848, la primera en discutir y plantear ampliamente el reconocimiento de los derechos políticos de las mujeres, y con la aprobación en 1919 de la Enmienda 19 de la Constitución, que consagró el derecho al voto de la mujer en Estados Unidos (y que, coincidentemente, fue aprobada por el Congreso el mismo día en que nació la madre de Hillary).

Pero más que por su relación con el pasado, que una mujer sea candidata presidencial y probable ocupante de la Casa Blanca tiene significados por sus implicaciones en la elección misma de 2016 y en el futuro inmediato.

Frente a Clinton, y una vez culminadas las formalidades de las convenciones partidarias, está Trump, cuya llegada a la candidatura presidencial ha sido también singular, un candidato que se ha caracterizado por su estrategia divisiva en lo social, su actitud ofensiva y cáustica hacia sus rivales y sus desplantes autoritarios, racistas y sexistas. En este último aspecto, Trump ha sido notorio por sus afirmaciones y conductas despectivas hacia las mujeres y, eso le ha costado un rechazo mayoritario entre las votantes.

Clinton tiene así la posibilidad de alzarse en contra del sexismo de Trump y de convertirse en la figura que refrende las nociones de igualdad, equidad y respeto entre el género masculino y el femenino. Si a eso se añade que Clinton tiene también amplio apoyo entre los afroamericanos, los hispanos y otras minorías, ella puede afirmar que busca ser justamente el puente, el vínculo armonioso entre los diversos grupos sociales estadounidenses en comparación con la agresiva y divisiva actitud de Trump.

Pero la candidatura de Clinton tiene otras resonancias que serán significativas en la elección general de noviembre y que van más allá de su condición como la primera mujer con real posibilidad de llegar a la Presidencia.

Uno de sus mayores retos será vencer la noción negativa de que Clinton es heredera del establishment político, vinculada a las fuerzas tradicionales de Washington y Wall Street que han frustrado a millones (y que han sido el blanco de la crítica de Trump y Sanders, respectivamente). Clinton no puede negar su larga cercanía con el poder y sus nexos con esos sectores tan criticados, y por ello deberá hacer un esfuerzo importante para renovar su imagen, con posiciones que la acerquen, por un lado, a la creciente y muy activa ala izquierda del Partido Demócrata (que ha apoyado intensamente a Sanders) y, por el otro, a los independientes que no necesariamente comparten ese ideario progresista pero sí rechazan al aparato político tradicional de Washington y desconfían de Clinton por sus antecedentes y sus escándalos y problemas del pasado.

La transformación será crucial para sus aspiraciones, y ya se ha visto reflejada en su discurso, que ha incorporado muchas de las ideas clave de Sanders sobre el freno a los intereses del gran capital, la urgencia de lograr mayor equidad e igualdad social y la defensa a ultranza las libertades y los derechos de todos.

Y aunque aún no es claro cuál será la decisión que tome Sanders, su apoyo le es muy necesario a Clinton para atraerse a los muy activos y comprometidos seguidores del senador, que no solo constituyen una masa de votantes de gran calado en el presente, sino que al estar compuesta en gran proporción por jóvenes, representa mucho del futuro de su partido y de las causas progresistas estadounidenses.

Clinton, por tanto, no puede en 2016 ser la candidata que habría sido en 2008. Para encarar exitosamente a Trump –cuyas posibilidades de triunfo en noviembre son también considerables– necesitará mucho más que las resonancias históricas de ser la primera candidata presidencial de un partido mayor. Necesita un programa incluyente y transformador, una actitud activa y fresca (clave para contener la agresividad de Trump) y sobre todo plantear una visión promisoria de futuro.

Aún no está claro en qué medida podrá lograrlo y cuál será su efectividad en la elección general. Pero si algo puede decirse de Clinton es que es firme y resistente.

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