La Revista

Condecorar al dictador

Fernando Belaunzarán Méndez
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Por: Fernando Belaunzarán.

La política exterior mexicana, desde 2018, es propia
de Marx… tendencia Groucho. Los “principios” que guían su actuación mudan según
la ocasión. Lo mismo hablan de no intervención y autodeterminación de los
pueblos cuando se trata de presos políticos en Cuba, elecciones simuladas en
Venezuela o encarcelamiento de opositores en Nicaragua, que respaldan a un
candidato a la presidencia de Colombia en plena campaña y cuestionan al
Congreso de Perú por negar un permiso para salir del país.

El presidente López Obrador tardó más de un mes en
felicitar a Joe Biden tras su triunfo electoral y se negó a condenar el ataque
al Capitolio auspiciado por Donald Trump. En cambio, se apresuró a reconocer la
victoria de Lula el mismo día de las votaciones y reprobó de inmediato el
asalto de los seguidores de Jair Bolsonaro a los poderes en Brasilia. Cuestionó
con dureza la destitución de Pedro Castillo, aunque minimizó el fallido acto golpista
de éste al disolver el Parlamento y otorgarse poderes extraordinarios. La
presión norteamericana logró que México votara en el Consejo de Seguridad la
condena a la invasión de Rusia a Ucrania, pero se opuso a imponerle sanciones
al invasor y cuestionó a Alemania por venderle tanques al invadido.

La inconsistencia diplomática tiene que ver con la
decisión presidencial de alinear los intereses del país al llamado “eje
bolivariano”, cuya influencia en América Latina ha crecido junto con el
populismo en la región. Más que de izquierdas y derechas, es un tema de
democracia o autoritarismo. A diferencia de Gabriel Boric, presidente
progresista de Chile, quien cuestiona las violaciones a derechos humanos en las
dictaduras del continente, López Obrador prefiere ignorar el asunto, ser
funcional a sus aliados y, en el caso de Cuba, incluso victimiza al régimen
totalitario.

El embargo a la isla lleva más de seis décadas, es
contrario a la opinión de la comunidad internacional y no ha servido para
lograr ningún cambio democrático. Al contrario, le ha ayudado a la dictadura
para justificar su fracaso económico, mantener vivo el caduco discurso
antiimperialista y tener un mal pretexto para reprimir disidentes, alegando que
son agentes de la amenaza externa.

El mandatario mexicano reproduce al pie de la letra la
propaganda castrista, que es esencialmente la misma desde el siglo pasado y usa
hasta sus términos, llamando bloqueo al embargo. Incluso recita la épica al
régimen dictatorial con el trasnochado romanticismo de una revolución en la que
ni siquiera participó Miguel Díaz-Canel, olvidándose por completo de la
extendida pobreza, la falta de elecciones libres, el acoso judicial a la
libertad de expresión, la proscripción de partidos distintos al oficial y la
represión de disidentes, que llega al extremo de perseguir a quienes postean
críticas al gobierno en redes sociales o entonan canciones de protesta.

Es verdad que hay antecedentes de autócratas
condecorados con la máxima distinción que otorga el Estado mexicano. En el
viejo régimen se la otorgaron a Rafael Trujillo, despiadado dictador de
República Dominicana, y al sha de Irán, Mohammad Reza Pahlevi. Al propio Fidel
Castro se la dieron en 1988, quien en reciprocidad vino a legitimar a Carlos
Salinas tras el brutal fraude electoral operado por Manuel Bartlett. No niego
las diferencias, era otro mundo, la Guerra Fría todavía emanaba estertores,
pero por lo mismo es sintomático que, en la restauración autoritaria en curso,
la democracia y los derechos humanos hayan dejado de ser valores ineludibles,
borrando con ello conquistas culturales y civilizatorias obtenidas durante la
transición.

De manera recurrente, López Obrador compara a Cuba con
Numancia por la longevidad del castrismo, pese a estar a tan sólo 90 millas de
los Estados Unidos. Admira y le impresiona que un mismo grupo mantenga el poder
indefinidamente contra viento y marea sin reparar en la traición a los ideales
que inspiraron la revolución que los encumbró. ¿No será que con la cacareada
“transformación” busca emular en ello a sus socios y el objetivo es el
establecimiento de un régimen sin alternancias que moviliza clientelas y se
sostiene con las Fuerzas Armadas? Eso explicaría el plan B.

Fernando Belaunzarán Méndez
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