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Cuando cantar en español se vuelve acto político: Bad Bunny y el Super Bowl

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Bad Bunny se dispone a protagonizar un momento histórico: será el artista principal del espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX el 8 de febrero de 2026 en el Levi’s Stadium, en Santa Clara, California, bajo la producción de Apple Music y Roc Nation. Su elección generó reacciones inmediatas que van desde celebraciones culturales hasta críticas cargadas de sesgo racial y lingüístico.

Para muchos latinos y afrodescendientes, la decisión del comité organizador representa un triunfo simbólico. Un momento para afirmar que la música en español no solo es válida, sino que merece ocupar el escenario más visto de Estados Unidos. En su monólogo en Saturday Night Live, Bad Bunny respondió con humor e ironía al señalar: “if you didn’t understand what I just said, you have four months to learn” — “si no entendiste lo que dije, tienes cuatro meses para aprenderlo”. Esa frase resume la tensión: hay quienes celebran esa afirmación de identidad, y otros que la interpretan como provocación.

Las críticas más agudas provienen de sectores conservadores que cuestionan su uso del español, sus posturas políticas y hasta su sentido de pertenencia como “estadounidense”. Se ha dicho que Bad Bunny canta “demasiado en español”, que no es suficiente para una audiencia mayoritaria y hasta que su elección fue “terrible” para el Super Bowl. Inclusive, grupos radicalizados propusieron hacer un contraevento: Turning Point USA anunció un espectáculo alternativo en competencia con el show oficial. Tales reacciones revelan que lo que está en juego no es solo una actuación musical, sino el reconocimiento de voz, cultura, idioma y diversidad en el escenario más emblemático del entretenimiento estadounidense.

Pero la polémica no es nueva. Desde Jose Feliciano protestado por cantar en su estilo propio en el himno nacional en 1968, hasta las presiones que enfrentaron artistas latinos para “hablar más inglés” o “ser más neutros”, el arte latino ha sido sistemáticamente objeto de juicios respecto a su autenticidad, su alcance y su “aceptabilidad” en Estados Unidos. En ese sentido, la figura de Bad Bunny encarna esa lucha: no solo por estar en el centro del escenario, sino por cuestionar quién determina qué es “música de campeonato” y quién queda excluido.

Algunos artistas y celebridades han salido en su defensa. Jennifer Lopez enfatizó que “la música y el arte trascienden el idioma” y pidió dar oportunidad a su propuesta. Otros destacaron que su inclusión puede servir para acercar audiencias que normalmente no se verían representadas. Para comunidades negras latinas, afrodescendientes o migrantes, su protagonismo no es mero espectáculo: es visibilidad. Es lograr que sus historias, lenguas y maneras de concebir la cultura también existan ante millones de ojos en un país donde, con frecuencia, deben abrirse paso contra resistencia.

El show del Super Bowl ya no será solo entretenimiento: será arena simbólica donde se entrelazan música, identidad y poder. La decisión de incluir a Bad Bunny obliga a muchos a cuestionarse: ¿quién tiene el derecho de definir las fronteras culturales en Estados Unidos? ¿Cuántas lenguas son “aceptadas” en un contexto que sigue siendo obcecado con el inglés como criterio de “normalidad”?

Cuando el 8 de febrero suene la primera nota, no solo habrá luces y coreografías: habrá una afirmación colectiva. Que la comunidad latina —y, en especial, quienes han sido invisibilizados— esté representada ya no será una petición: será un hecho. Y eso, por sí solo, tiene el poder de cambiar percepciones.

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