Cultura, por: Francisco Solís Peón.
“Cada sentido origina un arte,
Cada arte estimula un sentido,
Solo mientras el sentido tenga arte
Y el arte sentido”.
Con la reciente muerte de Manuel Felguérez podemos dar por terminado el ciclo de la llamada “generación de la ruptura” que, en su momento, fue una bocanada de aire fresco que terminó por renovar las artes plásticas en nuestro país y algunos dirían que en otras partes del mundo.
Pintores y escultores fundamentalmente, se rebelaron contra la ya gastada forma de plasmar en las obras un mexicanismo que para entonces ya resultaba chabacano, muchas veces con alto contenido político y una fallid crítica social.
Siguiendo un camino trazado fundamentalmente por Rufino Tamayo(1) y Juan Soriano(2), un grupo de jóvenes iconoclastas liderados de facto por José Luis Cuevas (quien resultó un comunicador de primera, traspolándolo a tiempos actuales sería algo así como n maestro de las redes sociales) se dieron a la tarea de romper los rígidos esquemas establecidos a sangre y fuego después de la revolución mexicana, en una época en la que nada en México era democrático, mucho menos el quehacer artístico promovido principalmente desde el poder político. En lo único que coinciden es en que el rompimiento se dio con el «arte oficial». La llamada «Generación de Ruptura» no puede entenderse sin la Escuela Mexicana de Pintura.
Como consecuencia de la Revolución Mexicana surgió la necesidad de instruir al pueblo sobre su identidad y sobre el orgullo de su historia, para lo cual, el regreso de Europa de Diego Rivera(3) en 1922 quedó como anillo al dedo, pues él mismo venía de cortar todo lazo con el arte europeo y sus vanguardias con la idea de generar un arte público que exaltara los nuevos valores revolucionarios y que, a la postre, derivó en un nacionalismo malentendido, un realismo socialista donde la estética —hacia la década de 1940— rayaba en franco folklorismo, monolítico y aburrido.
Lo que en México se calificaba de «moderno» —puesto que no miraba hacia atrás sino al presente y futuro—, el crítico sir Herbert Read lo calificó como panfletario: «La escuela mexicana […], como sus contemporáneos rusos, ha adoptado un programa propagandístico que a mi entender los coloca fuera de la evolución estilística» .La generación predecesora estaba harta de la dictadura burocrática del arte oficial que, si bien facilitaba la vida y posibilitaba el trabajo, limitaba la creatividad, el estilo y la expresión propia.
Rebeldía en gestión
Jorge Alberto Manrique señala que entre los primeros embates modernos contra el muralismo están dos grupos literarios: los Estridentistas y los Contemporáneos, a los que se adhirieron pintores como Manuel Rodríguez Lozano. Sin embargo, muchos otros como Agustín Lazo o Raúl Anguiano evitaron cuestionar aquello que los antecedía y terminaron por encontrar su propia versión del «arte oficial». De Carlos Mérida se dice que sólo hasta que la idea del cambio fue resonante tuvo oportunidad de destacar.
La figura de Rufino Tamayo fue determinante para el cambio y para la posterior Generación de Ruptura, su posición y rebeldía ante la Escuela Mexicana fueron más que claras, no estuvo dispuesto a seguirla ni a vivir y crear bajo su sombra, de tal manera que su autoexilio en Nueva York fue la vía por la que logró la libertad, la maduración estilística de su obra y fama. De regreso en México presentó su cuadro Músicas dormidas, obra que señala ya el punto de no retorno. Es entonces cuando Diego Rivera reconoce que el futuro de la Escuela Mexicana recaía en Tamayo y Juan Soriano —«hermano mayor» del rompimiento—, y es a estos dos que se les puede calificar de verdaderos disidentes.
Continuaremos en la siguiente entrega, solo queda imaginar la eclosión que vendría.


