Columna: “Construyendo”, por: Raúl Asís Monforte González. 11de abril de 2026.
Las crisis energéticas no son eventos nuevos, sin embargo, hasta ahora, habían sido fenómenos de larga gestación y ciclos amplios. Se construían lentamente, detonaban con fuerza y tardaban años, incluso décadas, en disiparse. Sin embargo, el mundo actual parece haber roto ese patrón. Hoy vivimos no una, sino dos crisis energéticas en un periodo extraordinariamente corto, lo que revela un entorno global mucho más frágil e impredecible de lo que solíamos asumir.
La primera sacudida llegó en 2022 con la invasión de Rusia a Ucrania. Más allá de sus implicaciones geopolíticas, el conflicto provocó un efecto inmediato en los mercados energéticos, causando escasez, volatilidad y un incremento abrupto en los precios del petróleo, el gas natural y la electricidad. Europa, particularmente dependiente del gas ruso, tuvo que reconfigurar de emergencia su matriz energética, mientras el resto del mundo ajustaba cadenas de suministro y estrategias de seguridad energética.
Apenas comenzábamos a asimilar las consecuencias de ese conflicto que, por cierto, sigue sin resolverse, cuando una nueva crisis emerge. La confrontación encabezada por Estados Unidos e Israel contra Irán ha vuelto a sacudir los mercados globales, llevando los precios del petróleo y del gas natural a niveles récord. Esta nueva tensión no solo profundiza la incertidumbre, sino que confirma que la estabilidad energética global pende de equilibrios cada vez más delicados.
Pero el contexto es aún más complejo. A la par de estas crisis, la evidencia científica reciente apunta a una aceleración preocupante del calentamiento global. Entre 2015 y 2025, la temperatura promedio del planeta aumentó aproximadamente 0.35 grados Celsius, una cifra significativamente superior al promedio de menos de 0.2 grados por década observado entre 1970 y 2015. Es decir, el cambio climático no solo continúa, sino que se está intensificando a un ritmo mayor al previsto.
Frente a este escenario, también se revelan verdades que nos preocupan. Pensábamos que la humanidad había alcanzado un nivel de conciencia suficiente sobre la amenaza climática como para impulsar una acción colectiva decidida. Sin embargo, la realidad demuestra lo contrario. Las decisiones, tanto individuales como corporativas, siguen estando dominadas por factores económicos inmediatos.
Un ejemplo claro es el mercado automotriz. Antes del reciente conflicto con Irán, las perspectivas de crecimiento para los vehículos eléctricos eran un poco sombrías. Algunos fabricantes habían comenzado a frenar inversiones e incluso a reconvertir líneas de producción hacia vehículos utilitarios deportivos de alto consumo de gasolina, respondiendo a una demanda que privilegiaba precio y conveniencia sobre sostenibilidad.
Hoy, con los combustibles fósiles alcanzando precios históricamente altos, el mercado vuelve a girar. Los vehículos eléctricos recuperan atractivo, no necesariamente por convicción ambiental, sino por una lógica económica. Es un recordatorio contundente de que, en muchos casos, el bolsillo sigue siendo el principal motor de cambio.
Este vaivén plantea una cuestión de fondo que debemos abordar, ¿puede el mundo construir una transición energética sólida en medio de crisis recurrentes y decisiones volátiles? La respuesta no es sencilla. Lo que sí es evidente es que la estabilidad ya no puede darse por sentada, y que la resiliencia, tanto en políticas públicas como en modelos de negocio, será el verdadero activo estratégico en los años por venir.
Podemos extraer muchas lecciones de estas dos crisis, pero una que considero central, es que el futuro energético no solo será más limpio, sino también mucho más incierto.
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Mérida, Yucatán a 11 de abril de 2026
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