El personal sanitario de la República Democrática del Congo mantiene una intensa labor para contener un brote de ébola que ha golpeado especialmente a la zona de Mongbwalu, en la provincia de Ituri, donde las autoridades sanitarias ubican el posible origen de la emergencia. La enfermedad se habría propagado durante semanas antes de ser detectada, lo que complicó la respuesta médica en una región marcada por limitaciones estructurales, actividad minera y dificultades de acceso a servicios de salud.
En el Hospital General de Referencia de Mongbwalu, médicos y enfermeras atienden a pacientes durante jornadas prolongadas, mientras reciben alertas de posibles nuevos casos incluso durante la noche. Richard Lokudu, director médico del hospital, señaló a The Associated Press que no ha recibido la compensación correspondiente por su trabajo y expresó su preocupación por los riesgos que enfrenta el personal de primera línea. “No he recibido mi asignación”, afirmó el médico, al advertir que los trabajadores sanitarios continúan expuestos pese a las medidas de prevención.
Mongbwalu se ha convertido en el epicentro del tipo Bundibugyo, una variante rara del ébola. La localidad concentra a numerosos trabajadores de minas de oro que viven en campamentos hacinados o zonas de bajos ingresos, con acceso limitado a protocolos sanitarios. Estas condiciones favorecen la transmisión del virus, que puede propagarse por contacto cercano con fluidos corporales de personas enfermas o fallecidas.
De acuerdo con las cifras difundidas por autoridades congoleñas, hasta el viernes se habían confirmado 488 casos y 86 fallecimientos. Además, el registro de 71 nuevos contagios en un solo día fue considerado por las autoridades como una señal de transmisión comunitaria activa. En Uganda, país vecino, también se reportaron 19 casos confirmados y dos muertes.
La respuesta sanitaria enfrenta obstáculos adicionales debido a la falta de vacunas y tratamientos aprobados para el tipo Bundibugyo. Ante esa situación, los equipos médicos se han concentrado en atender los síntomas de los pacientes. El gobierno congoleño informó que al menos cinco personas se han recuperado desde que el brote fue confirmado oficialmente por el Ministerio de Salud el 15 de mayo.
La escasez de insumos también ha marcado la emergencia. Al inicio del brote faltaban mascarillas, guantes, botas y medicamentos, mientras varias agencias intentaban enviar apoyo a la región. Heather Kerr, directora del Comité Internacional de Rescate en la República Democrática del Congo, atribuyó parte de la crisis al deterioro prolongado del sistema sanitario y a la falta de inversión durante años.
El impacto humano del brote también se refleja en los testimonios de los pacientes. Asero Jeanne, de 52 años, perdió a dos de sus hijos por la enfermedad en un periodo de dos semanas. Tras enfermarse ella misma, relató haber visto morir a varias personas durante su estancia bajo atención médica. “Les doy las gracias a los médicos”, dijo al reconocer el trabajo del personal sanitario que la atendió.
La Organización Mundial de la Salud presentó un plan de 518 millones de dólares para contener el brote, mientras los equipos de salud advierten que la enfermedad avanza con mayor rapidez que su capacidad actual de respuesta. A la falta de recursos se suman el conflicto entre el gobierno congoleño y el grupo rebelde M23, respaldado por Ruanda, así como ataques de milicias islamistas, factores que dificultan la investigación de alertas y el traslado de equipos médicos en el terreno.


