Por Marco Antonio Cortez Navarrete
El conflicto en Oriente Medio, particularmente entre Israel e Irán, ha escalado generando una serie de consecuencias que trascienden fronteras regionales. Aunque este enfrentamiento parece lejano geográficamente, su influencia alcanza a América Latina, incluida México, tanto en el plano político como económico y social.
La tensión entre Israel e Irán se basa en una combinación de factores históricos, ideológicos y geoestratégicos. Irán ha sido un abierto opositor al Estado de Israel desde la Revolución Islámica de 1979, y ha apoyado a grupos como Hezbolá y Hamas, enemigos declarados del Estado hebreo. Por otro lado, Israel ha llevado a cabo operaciones militares preventivas contra instalaciones nucleares iraníes y ha respondido con fuerza a los ataques de estos grupos. En 2024 y 2025, los enfrentamientos se han intensificado, involucrando ataques directos, ciberataques y conflictos por terceros países como Siria, Líbano e Irak.
El Medio Oriente es una región clave para la producción y exportación de petróleo. Cualquier escalada militar afecta directamente el precio del crudo, lo que tiene un efecto dominó en la inflación global. En países latinoamericanos como México, que importa gasolinas y productos derivados del petróleo pese a su producción interna, esto se traduce en aumentos de precios, presiones en la inflación y cambios en la política monetaria del Banco de México.
Varios países de América Latina mantienen relaciones diplomáticas con las partes en conflicto. México ha sostenido una política exterior de neutralidad y no intervención, pero al mismo tiempo ha condenado la violencia contra civiles en foros multilaterales como la ONU. Además, países como Venezuela e Irán han fortalecido sus vínculos estratégicos, lo que despierta preocupaciones en Washington sobre la influencia de actores de Medio Oriente en el continente.
Si bien el riesgo es bajo, algunos analistas de seguridad advierten sobre el potencial de células extremistas en América Latina que podrían tener vínculos con redes globales como Hezbolá, particularmente en zonas como la Triple Frontera (Argentina, Brasil y Paraguay). México, como parte del T-MEC y vecino de EE.UU., mantiene una estrecha colaboración en inteligencia para evitar amenazas de este tipo.
En la región, el conflicto ha despertado opiniones divididas. En redes sociales y medios de comunicación latinoamericanos se observan narrativas polarizadas, algunas pro-Israel y otras pro-palestinas, reflejando la complejidad del tema. En México, las universidades, organizaciones civiles y líderes religiosos han sido espacios de debate sobre la paz, el derecho internacional y los derechos humanos en Oriente Medio.
Si el conflicto se intensifica y genera una mayor crisis humanitaria, países latinoamericanos, incluidos México y Brasil, podrían verse presionados por organismos internacionales para recibir refugiados. México, por ejemplo, ha aceptado migrantes de Siria y Afganistán en años recientes y podría actuar como receptor o país de tránsito para afectados por una eventual guerra más amplia.
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