Por: Marco Antonio Cortez Navarrete
Cada cuatro años, millones de mexicanos vuelven a soñar con que la selección nacional de fútbol, finalmente, rompa la barrera maldita de los octavos de final en una Copa del Mundo. Y cada cuatro años, el resultado es el mismo: promesas, ilusiones, alguna victoria emotiva, y una despedida amarga. El famoso “quinto partido” se ha convertido en una especie de mito colectivo, pero también en un espejo incómodo que refleja las carencias profundas de nuestro fútbol… y de nuestro sistema.
¿Por qué un país de más de 130 millones de habitantes, apasionado por el balompié y con jugadores talentosos, no puede competir de verdad en la élite mundial? La respuesta es compleja, pero clara: no es un problema de talento, sino de estructura.
La organización del fútbol mexicano responde más a intereses comerciales que deportivos. Los clubes prefieren importar jugadores extranjeros de nivel intermedio antes que formar talento local. La eliminación del ascenso y descenso ha convertido a la Liga MX en un espacio de comodidad y escasa exigencia. La Federación Mexicana de Fútbol y los dueños de equipos operan como empresas privadas cuyo objetivo no es ganar mundiales, sino generar ingresos y audiencias.
A esto se suma la ausencia de un proyecto nacional a largo plazo, como sí lo han tenido países como Japón, Marruecos o Croacia, que han demostrado que con planificación, inversión en fuerzas básicas y una filosofía clara, es posible competir con los grandes.
Y luego está la mentalidad. La del “ya merito”. Una mezcla de conformismo, presión mediática desproporcionada y falta de ambición real. En México, pasar a octavos ya se celebra como éxito. Esa es la medida del techo que nos hemos impuesto.
El gobierno, por su parte, ha sido un espectador. A diferencia de otras naciones donde el deporte es una política pública de desarrollo social, aquí el fútbol vive aislado, sin inversión en ligas juveniles, sin canchas públicas dignas, sin programas escolares que vinculen el deporte con la educación.
La afición, fiel como pocas, también es parte del fenómeno. Exige, pero no se organiza. Critica, pero no presiona en serio a quienes toman las decisiones. Disfruta del juego, pero se ha acostumbrado a la mediocridad institucional.
El quinto partido no es un sueño imposible. Es, simplemente, el resultado natural de un sistema que se niega a cambiar. Y mientras no se transforme la forma de hacer fútbol en México, el muro de los octavos de final seguirá ahí, infranqueable.
Este es mi comentario de fin de semana. Los dejo. Que sean muy felices 🫶


