Por: José Zenteno Dávila.
Es bien sabido que pesan más los impulsos que las
razones al momento de elegir a uno u otro candidato. Esto significa que en el
proceso de formación de las preferencias políticas las emociones se activan
primero y tienen un papel decisivo cuando los individuos se ponen a pensar por
quién votar. Hay diferentes emociones o impulsos emocionales primarios que
tienen influencia en las decisiones políticas, me refiero al miedo, la ira, la
tristeza y el asco. Estas emociones primarias estarán compitiendo en la
intimidad de cada ciudadano a la hora de tomar su decisión electoral: votar por
la ratificación o por la rectificación del rumbo del país o simplemente evadir
la decisión.
Tendemos a identificar a las reacciones emocionales
como procesos aislados del cerebro, hoy sabemos que eso no es cierto, de hecho
se activan ciertas regiones cerebrales cuando sentimos y reaccionamos ante
impulsos provenientes del entorno. Sin embargo, el proceso de las emociones
primarias es instintivo mientras que reflexionar o razonar requiere de un mayor
esfuerzo porque se activan más regiones del cerebro. Entre las expresiones
coloquiales se tiende a asociar al hígado y al estómago como órganos
representativos de las reacciones emocionales. El primero se relaciona con la
ira y el asco, mientras que al segundo con el miedo y la tristeza.
El panorama electoral tendrá diversos elementos que
van a influir en los mexicanos. El gobierno ha enfocado sus esfuerzos a exhibir
casos emblemáticos de la corrupción del pasado, quiere recordarle a los
electores las razones que los llevaron a votar por López Obrador y los suyos en
el 2018. Los casos de Emilio Lozoya y César Duarte serán utilizados como
recursos políticos para armar sendas campañas de propaganda que exhiban al
“régimen corrupto y abusivo del PRIAN”. La apuesta es por ganar la narrativa
ante un entorno de franco deterioro en todos los aspectos: crisis económica,
delincuencia creciente y violencia descontrolada, miles de muertos por
COVID-19, gobiernos de MORENA disfuncionales, omisos y corruptos, sumisión ante
Donald Trump, entre los más relevantes.
Veremos lo que he llamado la guerra del hígado contra
el estómago. La ira y el asco que despierta en la sociedad la conducta de los
gobernantes del antiguo régimen, compitiendo contra el miedo y la tristeza
(decepción) que provocan la incompetencia y la omisión del actual gobierno en
prácticamente todas las tareas a su cargo.
La elección será una batalla entre la realidad y una
puesta en escena, el presente contra el pasado, las carencias de hoy contra los
abusos de ayer. La polarización que nos espera es un debate por la atención del
público en la corrupción y la impunidad del pasado o las insuficiencias e
incoherencias del presente.
¿De qué hablaran los mexicanos durante el segundo
semestre del 2020 y el primero del 2021? Responder a esa pregunta será la clave
para definir el resultado electoral. En el mundo previo al internet era una
tarea relativamente sencilla el orientar la discusión pública a través de los
medios tradicionales como la televisión, la radio y la prensa escrita. Unos
cuantos comunicadores acumulaban el monopolio de la verdad pública. En la
actualidad no hay manera de conducir lo que se discute en las redes sociales y
tampoco es posible esconder temas incómodos, evadir responsabilidades o
estimular reacciones emocionales colectivas. La credibilidad de los
comunicadores está fragmentada, incluso atomizada, hoy los famosos
“influencers” en You Tube tienen tanto o más poder persuasivo que los
conductores y periodista profesionales de la televisión y la radio.
El otro aspecto que dificulta la tarea de construir
una percepción de la realidad es lo que conoce como la posverdad. En este mundo
hipercomunicado han perdido relevancia los datos y los hechos objetivos ante la
narración y la interpretación. Esto significa que la percepción de la realidad
puede no coincidir con los datos y los hechos reales, sino con la manera que se
interpretan. El diccionario de Oxford define a la posverdad como el fenómeno
que se produce cuando “los hechos objetivos tienen menos influencia en
definir la opinión pública que los que apelan a la emoción y a las creencias
personales”. El diccionario de la Real Academia de la Lengua define a la
posverdad como la “distorsión deliberada de una realidad, que manipula
creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en
actitudes sociales. Los demagogos son maestros de la posverdad.”
El filósofo Anthony Clifford Grayling lo explica de la
siguiente manera: “Todo el fenómeno de la posverdad es sobre: ‘Mi opinión
vale más que los hechos’. Es sobre cómo me siento respecto de algo”. Por
esa razón es que nunca como en el 2021 las emociones tendrán un papel
protagónico en la definición de las preferencias políticas.
La democracia liberal fue concebida como un método
para dirimir la disputa por el poder público fundamentado en la razón de los
ciudadanos. Es decir, supone que existe un proceso racional en el que los
electores deciden sus preferencias políticas. La posverdad desafía el
fundamento de la democracia y en alguna medida puede socavarla hasta
destruirla.
Candidatos, comunicadores y consultores políticos
tendremos una tarea fuera de lo común. Nunca como en esta elección utilizaremos
tácticas inéditas para ganar el debate público en un entorno determinado por el
distanciamiento social al que nos someterá la pandemia. Los actores del
oficialismo harán todo lo posible para que se hable del pasado, la oposición se
esforzará por que se hable del presente ¿Quién ganará? No lo sé, pero debemos
tener cuidado de no polarizar al grado que la abstención sea la alternativa
para millones de mexicanos, con ella el gobierno resultará beneficiado y la
democracia será la gran derrotada, no solo en esta elección sino por muchos
años.