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El poder invisible de la sociedad

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La Revista Peninsular, Semanario de información y Análisis político y social: entrevistas, reportajes y más...

Daniela Torre Medina

16/03/26

La sociedad no necesita tocarte para moldearte.

Ni siquiera necesita hablarte.

Le basta con existir.

Desde que nacemos empieza a escribirse sobre nosotros:

qué vidas merecen respeto,

qué deseos resultan ridículos,

qué caminos son “correctos”

y cuáles condenan a la incomodidad de no pertenecer.

No se enseña como una ley,

pero todos lo aprendemos.

Aprendemos a medirnos.

Aprendemos que con quién te juntas dice quién eres,

que cada relación es una declaración pública

y que la gente que te rodea

termina funcionando como un espejo social de tu valor.

Por eso, casi sin notarlo,

empezamos a construirnos

no desde lo que somos

sino desde lo que es aceptable parecer.

Elegimos, casi sin darnos cuenta,

aquellas presencias que devuelven una versión soportable de nosotros mismos.

Rodeamos nuestra vida de espejos amables

que no cuestionen demasiado la forma que ya creemos tener.

Preferimos las opiniones que no desgarran la superficie,

las ideas que no obligan a desmontar lo que hemos construido para habitar el mundo.

Pensamientos lo suficientemente suaves

como para no mover el suelo bajo nuestros pies.

Y avanzamos por caminos ya transitados,

senderos donde la rareza no se vuelve visible,

donde uno puede confundirse con el resto del paisaje.Porque ser el extraño en una habitación

es, en el fondo, un miedo primitivo:

el miedo a quedar fuera.

La sociedad funciona con una violencia silenciosa.

No necesita destruirte.

Te corrige.

Te lima las esquinas

hasta que encajas.

Y lo más brutal de todo

es que llega un momento

en el que ya no hace falta que nadie te vigile.

Tú mismo lo haces.

Te censuras antes de hablar.

Te reduces antes de incomodar.

Te traicionas antes de arriesgar la pertenencia.

Nos gusta pensar que somos individuos.

Pero gran parte de lo que creemos ser

es simplemente adaptación.

Somos el resultado

de miles de pequeñas negociaciones invisibles:

con el miedo,

con la mirada de los otros,

con la necesidad casi biológica de no quedarnos solos.

Renunciamos a pensamientos incómodos.

A versiones nuestras que harían demasiado ruido.

A deseos que no encajan en el molde colectivo.

Y lo llamamos madurar.

Pero si uno se detiene a mirar con suficiente honestidad,

la pregunta aparece inevitablemente:

¿cuánto de lo que somos

nació realmente de nosotros?

¿Y cuánto es simplemente

una forma elegante de supervivencia social?La sociedad nunca necesitó jaulas.

Descubrió algo más eficaz.

Logró que la vigilancia

viviera dentro de nosotros.

Y así, sin barrotes,

sin guardias,

sin violencia visible,

aprendimos a habitar

una prisión

que confundimos

con identidad.

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