En 1962 Fidel Castro afirmó que Cuba había “suprimido la discriminación por motivo de raza o sexo”. Casi por decreto, el entonces gobernante solucionó uno de los problemas sociales más arraigados en la isla. Medio siglo después, tras la visita de Barack Obama, el primer presidente negro de Estados Unidos, los espectros del racismo germinan con renovada fuerza en el país de régimen comunista.
Aunque la Revolución de los Castro derogó en efecto la discriminación institucional, poco hizo para eliminar la desventaja histórica que obstaculizaba el avance de negros y mestizos. La pobreza que agobia a la mayoría de la población cubana pesa menos sobre las familias blancas. La segregación, invisible en papeles, permea la idiosincrasia y las estructuras. En palabras del intelectual Esteban Morales: en Cuba se educa más para ser blancos que para ser cubanos.
Racismo puertas adentro
El vocabulario de los cubanos está salpicado de frases que revelan la persistencia de los prejuicios raciales. Cuando un negro se destaca, la gente le atribuye “alma de blanco”; si alguien perpetra una chapucería, otro sentencia “es una negrá”; en los matrimonios multirraciales los no blancos reciben el supuesto beneficio de “adelantar” la raza…
En los Censos de población, buena parte de los negros y mestizos prefieren declararse blancos. Incluso, dentro del espectro de personas no blancas hay categorías según la cercanía al ideal caucásico: un “negro teléfono” o un “jabao capirro” serán menos estimados que una “mulata blanconaza” o un “mulato adelantado”.
Pero pocos admiten sus prejuicios. Ante la acusación responden que sus mejores amigos son negros, por ejemplo. El régimen censura las expresiones públicas de racismo así como las manifestaciones antirracistas de grupos no afiliados a la sociedad civil oficialista. Decir que el racismo persiste casi 60 años después del triunfo de la Revolución, si bien ya no condena al exilio intelectual, tampoco despierta gestos de aprobación del aparato ideológico gubernamental. El tema clasifica en la lista no escrita de tabúes.


