“Fidel Castro ha muerto de
viejo. ¿Qué celebran los cubanos
en Miami? ¿Que
no era eterno?”, decía esta mañana un avispado usuario de las
redes sociales. El pueblo cubano, un poco como el resto del mundo, asiste algo
incrédulo a la noticia de la
muerte del hombre que durante
medio siglo rigió con puño firme el destino de Cuba, que ha tardado en
producirse mucho más de lo que esperaban casi todos, dentro y fuera de la isla. “El hecho biológico”,
el eufemismo con el que se mencionaba la inevitabilidad del fallecimiento de
Castro – y de su hermano Raúl-, parecía que no iba a llegar nunca.
Incluso a la hora de
la muerte, el gran maestro de la puesta en escena y artífice de una Revolución
que venera las efemérides, ha sabido escoger la fecha: exactamente sesenta años después de que el yate
Granma partiese de
México hacia Cuba, llevando a bordo a un puñado de combatientes que serían el
germen de la victoriosa guerrilla de Sierra Maestra. Los festejos del 60º
aniversario del desembarco en la isla, previstos para el 2 de diciembre, han
sido aplazados un mes.
Los fastos para la despedida del comandante ya están organizados: este sábado será
incinerado y a partir del día 30 y hasta el 3 de noviembre,
en el plazo de los nueve días de luto que ha decretado el régimen, las cenizas de Castro harán un recorrido desde La Habana hasta Santiago de
Cuba, su provincia natal. Es decir, el último viaje del histórico líder cubano
será una peregrinación funeraria de 1.000 kilómetros que replica el
itinerario de la Caravana de la Libertad de 1959. El funeral se celebrará el
próximo 4 de diciembre.
El mal estado de
salud de Castro había quedado de manifiesto la semana pasada, cuando tuvo que cancelar un encuentro con el primer ministro canadiense Justin Trudeau durante la visita oficial de éste a
Cuba. Desde su cumpleaños había recibido también en su domicilio a otros
mandatarios como el presidente de Irán, Hasán Rohaní; el de Portugal, Marcelo
Rebelo de Sousa; o los primeros ministros de Japón, Shinzo Abe; de China, Li
Keqiang, y Argelia, Abdelmalek Sellal. En abril, en el XVII Congreso del
Partido Comunista de Cuba, Fidel Castro también reapareció y pronunció un
discurso que sonó a despedida y en el que reafirmó la fortaleza de las
ideas de los comunistas. “A todos nos llegará nuestro turno, pero quedarán
las ideas de los comunistas cubanos, como prueba de que en este
planeta si se trabaja con fervor y dignidad, se pueden producir los bienes
materiales y culturales que los seres humanos necesitan, y debemos luchar sin
tregua para obtenerlos”, afirmó Castro en esa ocasión.
Con cada
comparecencia pública, a los cubanos les quedaba claro el deterioro de su estado físico,
visible en su apariencia: despeinado, de rostro demacrado, con la ropa
arrugada. El Fidel Castro de hace apenas década y media, vanidoso y muy
consciente de su imagen, jamás habría aceptado ser expuesto así en público. Por
ello, sus apariciones eran cada vez más escasas, limitadas a momentos de gran
simbolismo, como una reunión con el presidente venezolano Nicolás Maduro… justo durante la visita a Cuba de Barack Obama, con
quien no se encontró. O cada vez que se hacía necesario demostrar que, a pesar
de lo que decía la prensa anticastrista de Miami, Fidel Castro seguía vivo.
Su figura seguía presente, sin embargo, en las “Reflexiones del compañero
Fidel”, publicadas de cuando en cuando de forma obligatoria en todos los medios
oficiales del país. En la calle cubana, el dicho popular era que “Fidel no está
ni muerto ni vivo, está reflexionando”.
Hasta hoy. “Con
profundo dolor comparezco para informarle a nuestro pueblo, a los amigos de
nuestra América y del mundo que hoy 25 de noviembre del 2016, a las 10.29 horas de la noche falleció
el comandante en jefe de la Revolución cubana Fidel Castro Ruz”,
explicaba anoche su hermano y sucesor, Raúl Castro. Visiblemente emocionado, el
actual presidente cubano añadió que, “por voluntad expresa” de Fidel, sus restos históricos serán
cremados. Las cenizas serán trasladadas desde La Habana hasta
Santiago de Cuba, su provincia natal. Se despeja así una de las dudas que,
medio en broma, se preguntaban muchos cubanos: si su cadáver sería embalsamado
y expuesto al público como el de otros líderes comunistas “padres de su
pueblo”, como Lenin o Ho Chi Minh.
Cuba ha decretado nueve días de luto oficial. Dividido
entre el luto, el júbilo y la incertidumbre, el pueblo cubano debe ahora
aprender a vivir sin el
personaje que durante seis
décadas ha marcado su día a día, incluso
desde la distancia.


