Por: Cristina Padín.
…en la aldea el verano duraba nueve meses, y el invierno tres. En invierno la noche era muy larga, abarcaba casi todo el día. El señor que funcionaba como si fuera el presidente o el alcalde era sereno y templado, le disgustaban los insultos y las groserías, amaba el silencio y la educación…
Desde que había instaurado el tiempo entre lecturas la gente era mejor, era diferente, era feliz. Pasaban los ancianos la oscura noche de los domingos leyendo Cien años de soledad. Y leían los adolescentes cada martes al atardecer Mujercitas o Crepúsculo…
Los niños Heidi y Caperucita Roja…
En la aldea todos conocían a Tom Sawyer y a nadie le eran ajenos los faros de Virginia Woolf… Sabían de Tormes y de los jardines de Melibea; disfrutaban con las andanzas de la chica salvaje. La aldea era culta, tolerante, sensible… Como lo que de verdad importa. El resto… pues no…
Luego llegaba el verano. La aldea viajaba. Iba a los toros. Iba al mar…
La vida con duende…
Por la cultura
Por la lectura: leer abre la mente
Para cada persona que lee. Para los que recomiendan y regalan libros
Para mi Luis
Para amantes de Cien años de soledad
Para el toreo
Para la literatura
Para Toñi y Sonia: ideales y lectoras


