Por: Fernando Belaunzarán.
No hay nada que esperar de este sexenio, salvo la
cruenta lucha por mantener el poder. Desde el gobierno federal nunca han dejado
de estar en campaña, subordinando todo a la propaganda y construyendo
clientelas con programas sociales, apoyos y hasta ayudas para damnificados. Han
puesto instituciones y medios públicos al servicio de su proyecto político
partidista que no es otro que establecer la hegemonía estructural del grupo
gobernante, algo similar a lo que prevaleció en México la mayor parte del siglo
pasado. Para ello, necesitan imperiosamente ganar la elección presidencial, a
lo que están abocados, pero hoy sus condiciones son muy diferentes a las que
tenían cuando llegaron.
Los cables hackeados al Ejército revelaron episodios
críticos en la salud del Presidente, así como de sus padecimientos crónicos.
Eso seguramente estuvo en el centro de las consideraciones que lo llevaron a
adelantar la sucesión, presentando una baraja de tapados que llamó corcholatas
y haciendo patente cuál era su favorita, además de escribir un testamento
político y empoderar como nadie a los militares, seguramente con la intención
de que, en dado caso, sirvieran como guardianes de su voluntad.
Por fortuna, las perspectivas son que el mandatario
concluirá su periodo, pero la lucha prematura por el destape ha tenido
consecuencias; una de ellas es el deterioro del clima político por las ventajas
indebidas de los suspirantes del partido oficial con sus campañas anticipadas.
No es el único agravio. La polarización como estrategia propagandística,
difamando disidentes, y el uso del espionaje y la justicia para acosar,
intimidar y doblar opositores con el objetivo de reventar la alianza que puede
derrotar al oficialismo en 2024 con todo y elección de Estado, son otros. Pero
el mayor de todos es el burdo ataque contra el INE.
El electorado mexicano tiende crecientemente a
castigar a quienes detentan el poder, lo cual se verifica con las alternancias
que se han vuelto casi la regla. Los magros resultados y la agudización de los
graves problemas no se revierten con pura demagogia y anatemas ideológicos
contra los adversarios. El daño en los bolsillos, el miedo con el que viven
grandes capas de la población y el desengaño de las clases medias se expresará
forzosamente en las urnas. Si alguien lo sabe, porque como opositor se
benefició del voto de castigo, es precisamente López Obrador y, por lo mismo,
no se confía ni de la enorme estructura clientelar que ha montado desde su
gobierno y los de su partido.
Para contrarrestar el impacto electoral de la
creciente molestia ciudadana, el régimen apuesta a generar la percepción de que
el triunfo del candidato o candidata oficial es inevitable y la elección será
un trámite. De ahí que el secretario de Gobernación esté tan empeñado en
dividir a la oposición. Pero de cualquier manera, buscan hacerse del órgano que
organiza las elecciones o, en su defecto, disminuirlo para incidir desde el
poder en tareas claves del árbitro electoral. Si no les alcanza la reforma
constitucional, tratarán de dar el golpe con leyes secundarias. Aunque violen
la Carta Magna, cuatro ministros de la bancada del Ejecutivo en la SCJN podrían
sostenerlas, pues se necesitan ocho votos para declararlas inconstitucionales.
Dice mucho que, por primera vez, se planteen los
cambios electorales desde el poder y sin participación de la oposición. Por un
lado, incumplen las leyes que les estorban y, por el otro, impulsan una
legislación a modo. Las garantías de equidad e imparcialidad que se
construyeron en las últimas tres décadas están bajo asedio y serán mermadas. No
quieren que la continuidad del proyecto esté a merced de la incertidumbre
democrática y eso anticipa una conflictiva elección presidencial que será
vigilada por las Fuerzas Armadas que están necios en partidizar.
Los avances de la transición no fueron graciosas
concesiones, sino conquistas de la sociedad. Por eso, hacen bien los ciudadanos
en organizarse para incidir en la sucesión y rescatar la alianza opositora, hoy
en serio peligro de naufragio. Seis esfuerzos civiles se agrupan en UNIDOS con
ese propósito. Por ahí corre la esperanza contra el autoritarismo restaurado.


