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Escaramuza: la tradición ecuestre femenina que desafía los estereotipos de género en México y EE. UU.

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La escaramuza, una disciplina ecuestre exclusivamente femenina originaria de México, ha desafiado durante décadas los rígidos estereotipos de género en el ámbito de la charrería, aunque aún enfrenta profundas desigualdades. Esta práctica, en la que las jinetes realizan rutinas sincronizadas montando a lo amazona, se ha convertido en un símbolo de resistencia, tradición y orgullo para muchas mujeres, especialmente para aquellas que pertenecen a comunidades inmigrantes en Estados Unidos.

Previo a cada competencia, los equipos femeninos deben pasar una rigurosa inspección de vestimenta. Las reglas exigen que sus vestidos, inspirados en el estilo victoriano, sean lo suficientemente largos como para cubrir los cuartos traseros del caballo. Además, las prendas deben estar coordinadas en color y diseño, incluidas las botas, accesorios, enaguas y bombachos. La omisión de una sola prenda interior puede implicar la descalificación de todo el equipo.

Una vez en la pista, estas mujeres transforman su atuendo en una explosión de color y elegancia mientras ejecutan complejas maniobras coreografiadas. Este contraste entre fuerza y delicadeza ha capturado la atención del mundo de la moda. La exdirectora creativa de Dior, Maria Grazia Chiuri, se inspiró en sus trajes para una colección, y la edición de septiembre de 2025 de Vogue presentó a modelos como Kendall Jenner y Gigi Hadid luciendo atuendos similares.

La fotógrafa Constance Jaeggi dedicó casi dos años a documentar esta práctica en Estados Unidos. Su trabajo culminó en una exposición en el Museo Nacional de la Vaquera en Fort Worth, Texas, y en el libro Escaramuza: La poética del hogar. A través de su lente y las conversaciones que mantuvo con las participantes, Jaeggi reveló una historia más profunda sobre feminismo, migración y sacrificios personales. “Creo que la cuestión de la moda es el punto de partida más fácil”, declaró en entrevista.

Durante su proceso de investigación, Jaeggi colaboró con las escritoras mexicoestadounidenses Ire’ne Lara Silva y Angelina Sáenz, quienes contribuyeron con poemas bilingües que capturan la tensión emocional de las escaramuzas. En uno de sus versos, Sáenz escribe: “Las mujeres / son ciudadanas de segunda clase en este deporte”. Otro poema, “Machetona”, de Silva, narra la lucha de una compañera lesbiana por afirmar su identidad dentro de una tradición marcada por el conservadurismo.

La escaramuza fue oficialmente reconocida como deporte competitivo hasta 1992, décadas después de que la charrería —el deporte nacional de México desde 1933— permitiera a las mujeres participar solo como espectáculo intermedio. Incluso hoy, los trajes de los hombres no son sometidos al mismo escrutinio que los de sus colegas femeninas. Jaeggi atribuye esto a “interesantes dinámicas de género”.

Pese a las dificultades, estas mujeres han formado comunidades solidarias. Muchas provienen de familias inmigrantes que, con esfuerzo colectivo, logran costear los altos gastos del deporte, como los vestidos importados de México que pueden alcanzar los 400 dólares cada uno. Algunas realizan ventas comunitarias o se apoyan mutuamente con el transporte y otros recursos. “Una de las historias que más escuchaba era que les tomó años, incluso un par de generaciones, poder permitirse tener caballos y practicar este deporte”, señaló Jaeggi.

Sin embargo, hablar de temas como inmigración suele ser complicado, especialmente cuando algunas participantes son indocumentadas. “El clima político actual es difícil”, advirtió la fotógrafa, en alusión a la campaña presidencial de Donald Trump y su retórica contra los inmigrantes.

La práctica de montar a lo amazona —originada en normas sobre la virginidad y el honor femenino— simboliza tanto el arraigo en la tradición como la resistencia ante estructuras patriarcales. “Cuando se trataba de cuestiones de género y feminismo, y de desafiar algunas de estas barreras, creo que la mayoría de las mujeres estaba muy dispuesta a hablar del tema”, compartió Jaeggi.

En palabras de una de las jinetes, su participación en la escaramuza tiene un propósito claro: “quiere que las niñas, la próxima generación, vean que, como mujer, también se puede montar a caballo”. Esta afirmación encierra el espíritu de un deporte que, aunque profundamente enraizado en la historia, mira hacia el futuro con determinación.

Entre vestidos planchados al vapor, caballos entrenados con precisión y versos que narran una lucha silenciosa, las escaramuzas han encontrado en este arte ecuestre un espacio de identidad, sororidad y transformación. Como lo expresa un poema de Silva incluido en el libro: “Una hermandad / Nacida de la lucha, los sueños y la formación”.

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